martes, 10 de junio de 2014

¿Misa Te Deum? Al futuro Felipe VI le bastan las Cortes, el Gobierno, la Judicatura, el Ejército y su Pueblo




Nadie debe rasgarse las vestiduras porque no haya una Misa Te Deum laudamus después de la solemne proclamación y jura en Cortes del Rey Felipe VI. En primer lugar, porque constitucionalmente es Rey de España pero no Su Católica Majestad. En segundo lugar, ni hoy España es la misma que en 1975 ni las circunstancias son comparables.

En 1975, aún vigentes las Leyes Fundamentales del Estado franquista, nuestro reino no sólo era oficialmente católico sino que, además, la inmensa mayoría de los españoles era –como no podía ser de otra forma tras cuarenta años de nacional-catolicismo– practicante. En cualquier caso, hay que recordar que aquel Te Deum, celebrado en Los Jerónimos cinco días después de la proclamación de Don Juan Carlos, fue el marco del aún tímido apoyo internacional al monarca pero, también, del irrestricto apoyo de la Iglesia a la normalización democrática, gesto con el que el cardenal Vicente Enrique y Tarancón (*) coronaba una pastoral años atrás muy polémica, en la que los obispos pedían perdón a los españoles por la nada evangélica parcialidad de la Iglesia cruzadista durante la Guerra Civil y la Dictadura del general Franco. (Es lástima que la Iglesia de Karol Wojtyla renegara del Concilio Vaticano II y la Conferencia Episcopal de los cardenales Ángel Suquía y Antonio María Rouco nos devolviera a las catacumbas, o mejor dicho: a la caverna de monseñor Guerra Campos.)

Hoy ya no es así: la Constitución de 1978 consagra a España como un Estado acofensional, no laico; y por ello, pone en valor y apoya la aportación de la Iglesia Católica Romana como confesión mayoritaria, pero también la de cualesquiera otras religiones que profesen los ciudadanos. Tampoco la práctica del catolicismo  –por mucho que seamos culturalmente católicos– es mayoritaria. Más bien somos  –quienes lo son– católicos ceremoniales: bautizos, comuniones, bodas y funerales.

En estos últimos veinte años se ha producido un fenómeno que nadie hubiera predicho en 1975: hoy los ateos y los agnósticos convivimos con los católicos romanos y los ortodoxos (rumanos, búlgaros, ucranianos, rusos), protestantes (muchos iberoamericanos), con los musulmanes (magrebíes y de otras procedencias), con budistas y taoístas (chinos), con judíos (por desgracia, muy pocos) y hasta con animistas africanos y santeros caribeños gracias a las grandes migraciones. Muchos de ellos ya son españoles y poco importan las proporciones.

Aunque a lo largo del reinado de Juan Carlos I se han celebrado grandes actos de Estado acompañados de la liturgia católica, sobre todo bodas reales y funerales, más bien eran un anacronismo a la vez lógico y sentimental. Y en algunos casos, cuando los homenajeados practicaban distintos credos, debieron ser multiconfesionales, y no lo fueron. Nadie debe rasgarse las vestiduras porque un Estado acofensional, a la hora de rendir último tributo a sus héroes, respete sus creencias. Así lo hace la primera democracia de Occidente, la norteamericana, nacida de una revolución que separó a la Iglesia del Estado para defender a las pequeñas confesiones de la mayoritaria. Por algo pone en sus billetes: “In God we trust”.

Quizá Don Juan Carlos no sea muy practicante, aunque siempre haya asumido la Tradición, por ejemplo, en la catedral de Santiago de Compostela y su ofrenda al Apóstol patrono de la vieja España (ya no más Matamoros), cuando alguna vez la hizo; pero Doña Sofía sí lo es. Quizá Doña Letizia se parezca al Rey, pero recuérdese que Don Felipe se santiguó, como su augusta madre, al rendir homenaje en las Cortes al Duque de Suárez. Visita (y solo visita) en sede parlamentaria, no acto de Estado en la catedral o el hemiciclo, aquellos eran gestos íntimos, más bien privados. Que el futuro rey sea católico no implica que sea Su Católica Majestad. Aviso para navegantes.

De haberse producido la sucesión del Trono por ley natural, es decir, por fallecimiento del monarca reinante, España le habría despedido –como así seguramente se hará cuando llegue el día– con un gran funeral de Estado según el rito católico. Y eso hubiera aconsejado –sólo aconsejado– recibir al nuevo rey con una Misa Te Deum. Pero no ha sido así. Hoy, al rey constitucional-parlamentario no le hace falta: le bastan las Cortes y el Gobierno, la Judicatura, el Ejército y, por encima de todos: su Pueblo. Ya no es Rey por la gracia de Dios.

Añádase que sí, por supuesto, dada la enorme crisis, la austeridad sea un ejercicio necesario desde la primera de las instituciones del Estado. Otra cosa será que los ciudadanos se desborden para mostrarle a los jóvenes reyes su simpatía –y estén seguros de que lo harán el 19 de junio– en las calles de Madrid, y eso obligue, sin más,  a algún dispendio ceremonial: desfile militar lucido, saludo público en coche descubierto y recepción en el Palacio Real.  ­

           Y es que los españoles tampoco estamos hoy para muchos bailes (excepto los del Mundial, si gana La Roja).


* Nota:
Aquella misa, celebrada el 27 noviembre de 1975, no fue exactamente un Te Deum, aunque popularmente se la recuerde así, sino la Santa Misa votiva del Espíritu Santo para la Coronación como Rey de España de SM  Juan Carlos I. Aquí puede consultarse la Homilia de Tarancón. 







     

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