jueves, 15 de diciembre de 2011

III - GEOLOGÍAS / Matriz

                             Desde Eugenio Trías

Continuidad absorta
permuta el fuego aire en agua
                                          hambre omnívora   
                           sino
                                   que amansa al mar    
                                                                 y lo hace arena
avenida somnolienta y fósil
la vítrea hacienda de aquel magma
                         originario y refulgente        
                                    —en su matriz            
 tan húmeda



miércoles, 14 de diciembre de 2011

III - GEOLOGÍAS / Lascas



Sólo el presente futuro
sólido    facundo    se inflama
ola erosión
que se anima y desalienta
                                        continua doma    
                           toma y daca
de los insectos y los peces
                                             de árboles     
                    de pájaros
de hombres y de piedras
que aligeran
                              dientes de leche                                 
                                                         mudas de piel
                                                                                    trilobites
—Lascas del tiempo

(plumas)


domingo, 11 de diciembre de 2011

III - GEOLOGÍAS / Arena o nubes


 
                         Humedales del cielo    
                          o dunas
símiles minerales de la lluvia
alud de sí mundo arriba



                                                                      s
                                                                   e
                                                                b
                                                            u
                                                       N 

figuraciones del juego
en el insomne exilio de los viejos
la eternidad disuelta en giros y retornos
                                            —sus retratos    
                                 sus escenas—
un volar sin más fin que la memoria
o el ensueño





                                                        A 
                                                           
                                                              e 
                                                                 n
                                                                    a

                                 cuenta
                                              suma de los orígenes
                                                  ilímite
presunción del final en sus albores
materia fluida  en  leve gravedad
por el antes y el después
del ojo donde se invierten
hasta el instante
las dos vasijas del reloj
y los ardides del ángel
como niño encandilado
que desengaña a Agustín

Ven y cuéntame esta playa

¿Vapor o arena la ilusión del tiempo?
invocación    evocación
en un agraz desierto de indolencia

 (nada era como era)



III - GEOLOGÍAS / Iguales y distintas


De niño
recolectaba piedras en la costa
que la resaca ya hubiera canteado
o que se desmembraron de la roca
a golpes de galerna y oleaje
—y que yo atesoraba
por ser todas iguales en Japón
y en China por distintas

                                     unas y otras 
                                                           —Las mismas conchas





III - GEOLOGÍAS / Índice



GEOLOGÍAS


Do I contradict myself?
Well, then I contradict myself.
(I am large, I contain multitudes)

Walt Whitman

 (para Alberto Ruy Sánchez y José Méndez)

I
iguales y distintas
ARENA Y NUBES  
LASCAS
MATRIZ (desde Eugenio Trías)
Ii
LEVA (para Juan I. García Garzón)
TIFÓN DE RANAS   
IIi
VENUS MODERNISTA (para Marisa Montero Flores)



jueves, 8 de diciembre de 2011

DANIEL SADA (1953-2011), SELVA EN SU DESIERTO



Corría el año 1981 y Daniel Sada se acercó a la  sede de Vuelta en la calle Leonardo da Vinci, junto al mercado de Mixcoac, un lugar prodigioso donde las flores y las viandas se mezclaban con los desperdicios, los teporochos caídos de una pulquería vecina, los perros escuálidos y los ataúdes esperando sobre la acera, pues una humilde funeraria, siempre atareada, flanqueaba su entrada principal. 
          
Aquel mercado no era el México (in)civilizado de Carlos Fuentes, sino el de Daniel Sada, salvada, claro está, la vertiente geográfica, definitiva en casi todo, porque él había nacido en lo más extremo de su árida ladera norte: Mexicali, Baja California, no en el trópico húmedo, ni en la urbe desmesurada y cosmopolita, tampoco en el extranjero. Traía un cuento: “Lo bueno hace bien y mal”, que le había pedido Enrique Krauze, por entonces secretario de Redacción de la revista de Octavio Paz. Y se empeñó en leerlo, allí mismo, la oficina ya cerrada, los dos solos, en voz alta, con aquella voz nasal suya que salmodiaba la precisa música de sus frases, el ritmo de las palabras encadenadas a una métrica, pues él escribía sus cuentos y novelas con terca medida: a veces en octosílabos, a veces en endecasílabos y otras, en alejandrinos de vario acento, aunque, eso sí,  nunca revueltos ni siquiera aquella tarde bajo una sonora tromba de agua, típica de agosto.

Antes que narrador, Sada había sido poeta nunca dejó de serlo, después de Los lugares se puso en otra sintonía, pero aún publicó dos poemarios al final de su vida: El amor es cobrizo y Aquí y buen poeta, quién sabe por qué desconfiaría de su aliento. Por aquellos años, sólo vivía para la literatura, a salto de mata, publicando aquí y allá notas y críticas, colaborando con alguna universidad, la UAM, encerrado casi como un monje en un modesto departamento en una zona inhóspita, no muy lejana a Mixcoac. Los muebles injustos como los de una celda, nomás lo imprescindible para sentarse, comer, leer, dormir o escuchar música. 
  
Allí escribía en pelota picada: “Espérenme tantito, enseguida me visto”, era un saludo habitual tras la puerta cuando lo visitábamos sus amigos. Allí se hablaba de literatura —fue un lector exquisito e insaciable—, alguna vez de arte o de música por condescendencia, y de boxeo o de fútbol de cuando en cuando, nunca de política. Llevábamos mexcal, tequila o ron. Fumábamos la mejor mota de México. Allí nos leía cada cuartilla que iba exudando, y volvía a leerla a la semana siguiente si llevaba correcciones; o volvía a leernos el capítulo ya completo de principio a fin, si fuere novela, cuantas veces hiciera falta, por si decidía corregirlo…

Así era Daniel por aquel entonces. Así lo era todavía aquella madrugada del jueves 19 de septiembre de 1985, la recuerdo bien -como la recordará el poeta Samuel Noyola, también norteño- porque fue víspera del terremoto y nos pusimos hasta la madre, quizá por puro presentimiento; y seguramente hablamos de José Lezama Lima y su barroco Paradiso, a quien el anfitrión veneraba y que se aparecía por allí casi todas las noches; como William Faulkner, narrador de un territorio tan literario como real: el Sur del Norte así el suyo. Aquella velada fue la última que nos reunimos en su casa antes de mi regreso a España, pocos meses después.

Volví a verlo otra vez cuando viajé a México en 1994 y 1995. Era y no era el mismo. Era el mismo escritor absoluto y era un hombre de sobrias costumbres y algo situado, pues desempeñaba un puesto de cierta responsabilidad en una empresa seria o en un banco me falla la memoria. Practicaba con toda naturalidad los mejores consejos que Baudelaire le brinda a los jóvenes poetas. Nadie, de ser tan radicalmente honesto como Daniel Sada, puede vivir de la literatura sin más: ha de ganarse la vida y robarle al día el mayor tiempo posible para seguir escribiendo y publicando, sin humos vanos ni alcoholes. Solo la obra importa y sin concesiones.


Nos vimos por última vez en Madrid, cuando vino a presentar Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, si mal no recuerdo, en 2001, novela con la que cosechaba  un clamoroso éxito de crítica en la Península; y una tarde muy cálida de aquel mes de junio nos escapamos del hotel Emperatriz hasta El Escorial: quería conocer el real aposento que comunica con el altar mayor de la basílica para que Felipe II, moribundo, atormentado por las llagas y los piojos, pudiera escuchar Misa desde la cama. Palacio, basílica, monasterio agustino, panteón real, biblioteca de saberes universales a veces muy secretos, El Escorial asimismo era el centro de sus últimos afanes y el axis mundi espiritual, aun esotérico, del Imperio: la parrilla de San Lorenzo, cosa tan bizarra, junto a un monte sagrado: el Abantos.

Daniel Sada le decía siempre la verdad a quien quisiera oírla o no, le daba igual, porque él escribía con verdad. Y ello significa: a su manera y nada más de lo que sabía. El suyo no era el desierto de Juan Rulfo poblado de ánimas y susurros, por mucho que le admirara (cuántas veces nos habrá recitado “Luvina”, su cuento preferido de El llano en llamas) y fuera buen amigo suyo, pues le había aconsejado cuando fue becario del Centro Mexicano de Escritores, porque era Jalisco. Sino un agitado y variopinto espacio humano que poblaba de celos, odios, cariños y mentiras, codicia y traiciones, ambición y desalientos, sueños o violencia, una compaña de zíngaros trashumantes y plagiarios de niños; bandidos, amantes y putas, jugadores, madres o esposas resignadas y maridos cornudos; payasos y feriantes; polizontes, funcionarios, alcaldes y militares sanguinarios y corruptos; ciudadanos sometidos, héroes mudos o suicidas, maestros descreídos y beatas; sin despegarse nada de la historia e intrahistoria y de la música verbal norteñas: Sada podía ser íntimo y coral, empático y cruel, incluso tierno con sus criaturas más obscenas.

Creó una selva literaria en su desierto y no sé si tragicómica, pues mejor hablar de subversión del melodrama: género capital mexicano que tanto ha sacudido Arturo Ripstein en su cine con armas y excesos comparables, aunque diversos, porque Sada nos hacía reír con su sombra. Hablar de selva literaria en su desierto no es ocurrencia importuna: devoró a Joao Guimaraes Rosa, autor al que profesaba una admiración sin límites y cuya influencia estilística es patente en toda su obra, como su coincidencia geográfica: el árido paisaje del sertón y su jungla humana. Pero él no era un epígono literario ni de Rulfo, ni de Lezama ni de Guimaraes. Tampoco un seguidor o sutil imitador. Era Daniel Sada, uno de los más originales y extraordinarios escritores de nuestro tiempo, un autor radical, absolutamente literario, fuera de modas o banderías, con el que no pudieron ni la ideología que permeaba en México y en toda Iberoamérica a nuestra generación, ni la debilidad posmoderna que ya holgaba en España. Y por todo eso, quizá no le echaremos mucho de menos: su voz real se escucha en sus libros ahora, ya para siempre. Y él se está riendo.
 

miércoles, 7 de diciembre de 2011

II - CIEGO DIOS

A cualquier parte donde se inclina la asidua intención del alma, allí afluyen también los espíritus, que son los vehículos y los instrumentos del alma. Los espíritus son producidos en el corazón por la parte más sutil de la sangre. El alma del amante es arrastrada hacia la imagen del amado inscrita en la fantasía y hacia el amado mismo. Allí son atraídos también los espíritus y, en su obsesivo vuelo, se agotan… A causa de esto se disuelve la sangre más pura y clara y sólo queda  la         sangre impura, espesa y negra…

MARSILIO FICINO


Así te ves mejor, crucificado.
Bien quisieras herir, pero no puedes.
Quien acertó a ponerte en este estado,
no hizo cosa mejor.  Que así te quedes.

A. R.  PLACENCIA



CIEGO DIOS


Suspenso: desde allí
(desde nuestra ventana, de la noche
                                súbitamente entre aguas     
                                         los dos ojos)
el mismo enamorado hermano azul
—a él yo también lo amaba siempre—

o rojo: en desvelados signos rítmicos
                                   de anuncio luminoso     
                                     sobre gotas
de lluvia en el cristal —azogue frío,
                                  es invierno      
                       Asimismo yo, ¿Narciso,
no la leyenda, Aminias, el mito, Eco,
tú al desmembrarte en un oscuro cuarto
                                de Atocha, a solas? Río    
                                        me despierto





I

La bombilla pelada a solas pende
del techo de mi cuarto
                      de otro cuarto   
                           en donde había un plafón dorado...

Arbitraria
claridad descarada
                                      cara única    
                    una mesa de camilla
en el pasado
                                        forrada de formica     
                                 estante
de pino desbastado con ladrillos
como libros (un Testut
y la nómina anatómica
                                           el Ham    
                                                           las mismas Tesis de Mao)
                                  ya me destierran     
                              a un mismo hilo:

                                         —Llueve    
                   has desaparecido





   II
                                              
Desolada
memoria de los sueños, pulso,
luego nocturno espacio solo,
ámbito donde un día tenté el cuerpo
tuyo, a ciegas junto al mío
hasta rozarte
sonámbulo de pena palpitante

                                       Sístole, diástole,     
                             insurgentes
parteolas de tu vientre,
salvada la barrera de las ropas,
las sombras de mi mano agitan
en ese pozo pesadillas:
el agua nunca está en reposo
no te inquietes, respira, siente
imaginarios peces voladores,
                                  impalpables volúmenes    
                                        ardientes





III

                             Del techo de mi cuarto   
                                     de otro cuarto
ya toma sitio todo con el tiempo,
yo mismo soy pasado y lo que siento,
la sitiada ciudad de los fantasmas,
sobresalta la memoria:

Te negaré tres veces antes de que
                             cante al gallo  
                   —espolón de filo en alto—
su victoria

Como relámpagos de piedra
sobre este instante que se cierra
                                 caen los libros del estante   
                                            Tiembla




IV

                        Ya no tiembla el deseo     
                                                          Aminias
                                       tú lo sabes
y lo dices al darme la espada
                                    Narciso   
            Yo maldigo tu nombre
                                      circundándome     
                            no de palabras
como hiedras
                         empujándome   
                        —azul, rojo: abro la ventana—
al papel de la espada
a la espera del tajo
                                           a la caída fatal   
                          de un borrón
último de tinta





V

A solas para siempre en lo alto de la cuerda
                                   de la nada    
                                                           funámbulo    
                                                                                     entre saltos
                                       y piruetas    
                                                               al dar un paso en falso
ya tu cuerpo recorro en densos sueños
                                            —tu cuerpo      
                       ahí debajo—
entre la muchedumbre bien suspenso

A sal me sabes
ácida espuma que levanta el ritmo
                                   último de la sangre    
                                 Brota el semen
                                              de la muerte    
                         Rey Midas





lunes, 5 de diciembre de 2011

I - TRES PESADILLAS Y UN RESPONSO / Responso

                        Para Guillermo Cabrera Infante y Miriam Gómez

No hubo historia ni fábulas
quizá titanes o traidores
incendios y oraciones
incluso amor y mística

La pira de Al-Iskander cabe testamento
el orgullo de Coriolano
la traición de Alcibiades
las juras de Antinoo
la locura de Heliogábalo
cien veces la tristeza de Rimbaud

Adolescente pasmo ante la muerte
en las dominaciones de Saturno


(Nadie llegó a tu edad para decir
 animula vagula blandula
hospes comesque corporis...)



I - TRES PESADILLAS Y UN RESPONSO / Qui se castronno maravigliosamente i puti!



Adolescentes inmolados a Mammón
                                       muñequitas     
                     putas ínfimas
castrados niños por la aguja
de un venal espejismo
cuyas venas la noche alimenta
en los escaparates de la carne
el semen y el sudor con la saliva
de la muerte

deambulan y galopan
cerúleo el semblante
contra la luna nueva
oscuro ancestro de la gran moneda
en un desierto de farolas

las ilusiones rotas tan temprano
en las olas primeras de sus días
oleaje de almendras en las sábanas
de una pensión barata de Almirante
estatuas corrompidas en las ruinas
                                 de Túnez     
                   en los antros de Bankog
o en la playa de Ipanema

infantiles sudarios que amortajan
el rampante despojo de un anciano
que atusa su conciencia en el bidé
con una ristra de papel higiénico

¿Acaso no castraban por placer
los romanos y los persas?
¿No molían el áureo anillo
las ávidas matronas enviudadas
a sus infibulados?
¡Legiones de espadones contentaban
                                       a sus amos     
                legiones de castrati
cantaron como seises y también
arias inmortales
por la melancolía de los reyes!
Los barberos pregonaban por las calles

Qui se castronno maravigliosamente i puti!

y hendían sus navajas
en el reblandecido escroto del cordero
tras un baño de leche
y una feroz ingesta de opio y aguardiente

¡Vivan los escalpelos! le gritaban
en Nápoles y en todos sus estados
                                      al  Papa     
                y aún segaron en secreto
centenares de frutos inmaduros

¿No lapidan los niños a los niños
y están ungidos de la misma culpa?

                    Un caramelo    
                                          el móvil  
                                                          una camiseta   
                                                                                ese videojuego
bastan y huelga la inocencia


¡Basta!  yo sólo evito que se orinen
en la cama









I - TRES PESADILLAS Y UN RESPONSO / Problema XXX

                                      Se infla porque se llena de viento
                                                                ARISTÓTELES


No siempre entre anillos
arenques y amenazas    
                                  caperuzón
cola de rata
cuchilla    
             caracol saca los cuernos al sol 
                                                             pellizco
de monja


Si se derrama    
                      aún sajan verde la rama


Si gritas    
              ¡a cenar criadillas!
—te sorberán los mocos     
                                       la loba o un alacrán

I - TRES PESADILLAS Y UN RESPONSO / El pie


DISPARASTE
                         Enseguida salí al balcón
                                                              A la sacerdotisa de Tanit la luna en ascenso le parecía bogar por el éter impalpable  
                                                                      Cartago no era el escenario, sólo pedrería: en la oscuridad —apenas atenuada por un halo macilento— se disimulaban el deterioro de los telones y el cansancio de la tramoya
                                                                                                     Tus desvaríos emergían de la platea y ascendían por los anfiteatros, cohetes punzantes como fíbulas
                                      Imaginé el rostro sin  número aún más convulso, el mar frente a mí que vomitaba a sus ahogados   


    no hube guardado aliento, ya me sofocaba, hacía muecas, desmayaba con escalofrío
                      ¿Si estornudara? 
                                                 las risas burbujearon de la noche en la que gravitabas
                  dancé  
                                 en el foso, en la concha, en los palcos y pasillos, público e intérpretes festejaban —mandíbula batiente— tu vis comica    
                      ¿y el apuntador?     
                           ¿alguien se sabe mi papel?
           

—¡Dios mío, dadme el pie!— gritó



(telón