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jueves, 17 de mayo de 2012

Carlos Fuentes (1928-2012) o el novelista adolescente


Carlos Fuentes falleció el 15 de mayo en la Ciudad de México a los 83 años

Un joven escritor rompió en 1958 los moldes ya petrificados y petrificantes de la Novela de la Revolución equivalente literario del muralismo pictórico con un relato urbano que tomaba su título del entonces patriarca de las letras nacionales, Alfonso Reyes: La región más transparente –título que aludía a una extraña e inaccesible cualidad de la Ciudad de México, pues esta “región más transparente” lo había sido “del aire” y, a finales de esa década, éste empezaba a ser irrespirable. Se llamaba Carlos Fuentes, un mexicano de “otra forma” pues había nacido en Panamá y vivido su infancia entre Buenos Aires, Río de Janeiro, Santiago de Chile, Montevideo y Washington: era hijo de un diplomático y hasta los dieciséis años sólo había pisado el solar patrio durante las vacaciones estivales. Un chico agringado en un país donde el nacionalismo y el populismo constituían, por así decirlo, la religión de un Estado regido por un partido único  –aunque tuviera algunos comparsas y que había logrado la cuadratura del círculo: serlo de la Revolución Institucionalizada.

Mario Vargas Llosa, su esposa Patricia, Carlos Fuentes,
Juan Carlos Onetti, Emir Rodríguez Monegal y Pablo Neruda 
A desentrañar ese enigma o a escarbar en la herida de esa paradoja y de sus supuraciones: la violencia cainita, el autoritarismo paternalista y patrimonialista, la corrupción política, sindical y económica, el clientelismo burocrático, el petropoder y el narcopoder,  aquel joven narrador –tan elegante, culto y cosmopolita–­ dedicará buena parte de su vida creadora. Ya con su tercera obra: La muerte de Artemio Cruz (1962), trascenderá fronteras y se situará a la cabeza del quién sabe si bien llamado boom de la literatura hispanoamericana, junto con sus grandes amigos el colombiano Gabriel García Márquez y el peruano Mario Vargas Llosa (me resisto a incluir temática y generacionalmente al tercer gran nombre de ese momento, Julio Cortázar, pues era coetáneo de Octavio Paz, los dos catorce años mayores que Fuentes, y porque la historia está más bien ausente de su obra).

Julio Cortázar, Fuentes y Luis Buñuel
          El sistema político instaurado por el PRI daba ya muestras de agotamiento por aquel entonces (sus contradicciones estallarán poco después, en 1968, aunque el régimen priista aún se perpetuará hasta el año 2000), pero muy pocas voces se atrevían a sugerir que entraba en lenta agonía. Así lo hizo Fuentes desde sus comienzos literarios (que fueron saludados por Paz, su mentor y amigo, con quien mantendría una contradictoria relación que desembocará en una dolorosa ruptura); y así lo seguirá haciendo hasta el final, para certificar su defunción, en novelas tan recientes como La voluntad y la fortuna (2008) o Adán en Edén (2009), donde aborda sin misericordia las causas morales pendientes y las consecuencias de esa dictadura de partido casi perfecta por su cuidado disfraz democrático, hoy tan visibles y sangrantes, y que aun tuvieron un tercer gran título en su producción novelística: La cabeza de la hidra (1978), ficción que transcurría en el escenario del auge petrolero que condujo a la catástrofe económica del sexenio de López Portillo.

Fuentes, Marie-José y Octavio Paz
(México, Navidad de 1968) 

          ¿Era Fuentes enemigo del PRI? No exactamente. Tras los trágicos incidentes ocurridos en junio de 1971 apoyó al presidente y dijo su célebre “O Echeverría o el fascismo”. Fuentes más bien era enemigo del sistema de partido príncipe, concepto por otra parte muy gramsciano, y buen amigo de figuras como Víctor Flores Olea o Porfirio Muñoz Ledo, próximos a publicaciones como Nexos y La Jornada; y el segundo, parte de la escisión priista que fundó el PRD, partido que agrupó a la izquierda mexicana a partir de 1988-89.    

Pero la obra de Fuentes no sólo muestra ese doloroso conflicto entre el pasado reciente y el presente, sino también otro de los laberintos de la soledad del mexicano contemporáneo: la difícil asunción de la herencia hispánica, que él abordó con radical ironía cervantina en otra de sus novelas mayores: Terra nostra (1975) y aun en Cristóbal nonato (1987), de manera oblicua pero apocalíptica, y también en no pocos de sus brillantes ensayos, género en el que también se prodigó con maestría. Lengua y religión, caudillismo hispano árabe, y cierto quijotismo irredento alimentan la personalidad del México moderno, tan melancólicamente marcado por la pérdida de un mundo arcaico poblado de dioses terribles y liturgias sanguinarias, a los que el mestizaje cultural con Occidente nunca logró enterrar del todo.

Con Gabriel García Márquez, amigo y compañero de aventuras cinematográficas

Fue un escritor caudaloso y desbordante, cuya extensa producción casi limita con la grafomanía, pecado que supo bordear airosamente pues estaba dotado de una poderosa inventiva verbal y narrativa, y porque brilló en la distancia corta del cuento tanto como en la media distancia de la novela breve (ahí esta su prodigiosa Aura de 1962) y del teatro, o en la extenuante maratón de la novela río. 

Sin embargo, su bien merecido éxito literario también debe vincularse a otra característica de su narrativa, que no sólo fue crítica e histórica, sino cinematográfica. Más allá de sus incursiones en el cine (escribió los guiones de El gallo de oro y de Pedro Páramo con García Márquez, a partir de textos de Juan Rulfo; y el de Los caifanes, una película de culto entre los jóvenes de los años 60 y 70 y que significó algo así como el aterrizaje en la anquilosada cinematografía mexicana de la Nouvelle vague francesa y del británico Free cinema). 

Más allá de haber vivido una aventura sentimental con Jean Seberg (la joven musa de Jean Luc Godard en À bout de souffle); más allá de todo esto y de su amistad con Luis Buñuel, puede decirse que Fuentes concebía sus obras como trepidantes películas experimentales, escritas según las reglas del montaje paralelo y sus alternancias temporales, la superposición y contraste de poderosas imágenes, muchas veces irracionales, y los diálogos recogidos aquí y allá, incesantemente, por un guionista que supo escuchar mucho y muy bien, y que además fue un gran conversador.

La semblanza del escritor quedaría incompleta si no añadiéramos, entre otras características, su vena erótica (muy poderosa en toda su obra), la humorística y paródica, pero también su faceta de periodista social y político, entendido aquí el periodismo como la virtud de enfrentarse con ojo crítico a las realidades del presente y a pie de calle, virtud que le mereció la admiración de los jóvenes de varias generaciones, quienes han sido, desde el primero hasta el último de sus días literarios, su público más fiel. 

Bien es verdad que es aquí donde las luces se ven acompañadas de mayores sombras, pues resulta legítimo criticarle su condescendencia con dictaduras mucho más perfectas que la mexicana, utilizando la polémica terminología de Vargas Llosa, como la de Fidel Castro, esta sí pluscuamperfecta y cuasi eterna; o la afortunadamente breve del sandinismo nicaragüense. Entre sus luces periodísticas, Fuentes ha sabido ser crítico de Estados Unidos sin caer en el rampante antiamericanismo del establishment político, literario y artístico mexicano; y también ha sido generoso con las generaciones de escritores más jóvenes, señalando la aparición de nuevos valores que incluso discutían con arrogancia parricida la vigencia de su propia generación. 

El autor de Aura en su juventud
En fin, Carlos Fuentes entró en la cacharrería de la Novela de la Revolución, tan reverenciada e institucional como el partido gobernante en México durante más de 70 años, y lo hizo como un joven elefante a finales de los años cincuenta. Y allí permaneció, escribiendo hasta ayer mismo con furor adolescente, pues esa fue, quizá, su cualidad más definitiva: nunca dejó de inventarse a sí mismo como novelista y de experimentar con la escritura. Nunca se permitió el lujo de apostar por el acierto, ni siquiera cuando, tras una imponente cadena de ensayos, ya sabía por dónde iban los tiros hacia la diana. Ávido de experiencias y emociones literarias nuevas, así quedará entre nosotros: como un novelista siempre adolescente.


jueves, 8 de diciembre de 2011

DANIEL SADA (1953-2011), SELVA EN SU DESIERTO



Corría el año 1981 y Daniel Sada se acercó a la  sede de Vuelta en la calle Leonardo da Vinci, junto al mercado de Mixcoac, un lugar prodigioso donde las flores y las viandas se mezclaban con los desperdicios, los teporochos caídos de una pulquería vecina, los perros escuálidos y los ataúdes esperando sobre la acera, pues una humilde funeraria, siempre atareada, flanqueaba su entrada principal. 
          
Aquel mercado no era el México (in)civilizado de Carlos Fuentes, sino el de Daniel Sada, salvada, claro está, la vertiente geográfica, definitiva en casi todo, porque él había nacido en lo más extremo de su árida ladera norte: Mexicali, Baja California, no en el trópico húmedo, ni en la urbe desmesurada y cosmopolita, tampoco en el extranjero. Traía un cuento: “Lo bueno hace bien y mal”, que le había pedido Enrique Krauze, por entonces secretario de Redacción de la revista de Octavio Paz. Y se empeñó en leerlo, allí mismo, la oficina ya cerrada, los dos solos, en voz alta, con aquella voz nasal suya que salmodiaba la precisa música de sus frases, el ritmo de las palabras encadenadas a una métrica, pues él escribía sus cuentos y novelas con terca medida: a veces en octosílabos, a veces en endecasílabos y otras, en alejandrinos de vario acento, aunque, eso sí,  nunca revueltos ni siquiera aquella tarde bajo una sonora tromba de agua, típica de agosto.

Antes que narrador, Sada había sido poeta nunca dejó de serlo, después de Los lugares se puso en otra sintonía, pero aún publicó dos poemarios al final de su vida: El amor es cobrizo y Aquí y buen poeta, quién sabe por qué desconfiaría de su aliento. Por aquellos años, sólo vivía para la literatura, a salto de mata, publicando aquí y allá notas y críticas, colaborando con alguna universidad, la UAM, encerrado casi como un monje en un modesto departamento en una zona inhóspita, no muy lejana a Mixcoac. Los muebles injustos como los de una celda, nomás lo imprescindible para sentarse, comer, leer, dormir o escuchar música. 
  
Allí escribía en pelota picada: “Espérenme tantito, enseguida me visto”, era un saludo habitual tras la puerta cuando lo visitábamos sus amigos. Allí se hablaba de literatura —fue un lector exquisito e insaciable—, alguna vez de arte o de música por condescendencia, y de boxeo o de fútbol de cuando en cuando, nunca de política. Llevábamos mexcal, tequila o ron. Fumábamos la mejor mota de México. Allí nos leía cada cuartilla que iba exudando, y volvía a leerla a la semana siguiente si llevaba correcciones; o volvía a leernos el capítulo ya completo de principio a fin, si fuere novela, cuantas veces hiciera falta, por si decidía corregirlo…

Así era Daniel por aquel entonces. Así lo era todavía aquella madrugada del jueves 19 de septiembre de 1985, la recuerdo bien -como la recordará el poeta Samuel Noyola, también norteño- porque fue víspera del terremoto y nos pusimos hasta la madre, quizá por puro presentimiento; y seguramente hablamos de José Lezama Lima y su barroco Paradiso, a quien el anfitrión veneraba y que se aparecía por allí casi todas las noches; como William Faulkner, narrador de un territorio tan literario como real: el Sur del Norte así el suyo. Aquella velada fue la última que nos reunimos en su casa antes de mi regreso a España, pocos meses después.

Volví a verlo otra vez cuando viajé a México en 1994 y 1995. Era y no era el mismo. Era el mismo escritor absoluto y era un hombre de sobrias costumbres y algo situado, pues desempeñaba un puesto de cierta responsabilidad en una empresa seria o en un banco me falla la memoria. Practicaba con toda naturalidad los mejores consejos que Baudelaire le brinda a los jóvenes poetas. Nadie, de ser tan radicalmente honesto como Daniel Sada, puede vivir de la literatura sin más: ha de ganarse la vida y robarle al día el mayor tiempo posible para seguir escribiendo y publicando, sin humos vanos ni alcoholes. Solo la obra importa y sin concesiones.


Nos vimos por última vez en Madrid, cuando vino a presentar Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, si mal no recuerdo, en 2001, novela con la que cosechaba  un clamoroso éxito de crítica en la Península; y una tarde muy cálida de aquel mes de junio nos escapamos del hotel Emperatriz hasta El Escorial: quería conocer el real aposento que comunica con el altar mayor de la basílica para que Felipe II, moribundo, atormentado por las llagas y los piojos, pudiera escuchar Misa desde la cama. Palacio, basílica, monasterio agustino, panteón real, biblioteca de saberes universales a veces muy secretos, El Escorial asimismo era el centro de sus últimos afanes y el axis mundi espiritual, aun esotérico, del Imperio: la parrilla de San Lorenzo, cosa tan bizarra, junto a un monte sagrado: el Abantos.

Daniel Sada le decía siempre la verdad a quien quisiera oírla o no, le daba igual, porque él escribía con verdad. Y ello significa: a su manera y nada más de lo que sabía. El suyo no era el desierto de Juan Rulfo poblado de ánimas y susurros, por mucho que le admirara (cuántas veces nos habrá recitado “Luvina”, su cuento preferido de El llano en llamas) y fuera buen amigo suyo, pues le había aconsejado cuando fue becario del Centro Mexicano de Escritores, porque era Jalisco. Sino un agitado y variopinto espacio humano que poblaba de celos, odios, cariños y mentiras, codicia y traiciones, ambición y desalientos, sueños o violencia, una compaña de zíngaros trashumantes y plagiarios de niños; bandidos, amantes y putas, jugadores, madres o esposas resignadas y maridos cornudos; payasos y feriantes; polizontes, funcionarios, alcaldes y militares sanguinarios y corruptos; ciudadanos sometidos, héroes mudos o suicidas, maestros descreídos y beatas; sin despegarse nada de la historia e intrahistoria y de la música verbal norteñas: Sada podía ser íntimo y coral, empático y cruel, incluso tierno con sus criaturas más obscenas.

Creó una selva literaria en su desierto y no sé si tragicómica, pues mejor hablar de subversión del melodrama: género capital mexicano que tanto ha sacudido Arturo Ripstein en su cine con armas y excesos comparables, aunque diversos, porque Sada nos hacía reír con su sombra. Hablar de selva literaria en su desierto no es ocurrencia importuna: devoró a Joao Guimaraes Rosa, autor al que profesaba una admiración sin límites y cuya influencia estilística es patente en toda su obra, como su coincidencia geográfica: el árido paisaje del sertón y su jungla humana. Pero él no era un epígono literario ni de Rulfo, ni de Lezama ni de Guimaraes. Tampoco un seguidor o sutil imitador. Era Daniel Sada, uno de los más originales y extraordinarios escritores de nuestro tiempo, un autor radical, absolutamente literario, fuera de modas o banderías, con el que no pudieron ni la ideología que permeaba en México y en toda Iberoamérica a nuestra generación, ni la debilidad posmoderna que ya holgaba en España. Y por todo eso, quizá no le echaremos mucho de menos: su voz real se escucha en sus libros ahora, ya para siempre. Y él se está riendo.