viernes, 4 de octubre de 2013

Juan Pablo Fusi: "Hoy vivimos un espejismo de paz"

Juan Pablo Fusi, fotografiado por Jaime García (ABC)

El historiador, ensayista y catedrático publica una Breve historia del mundo contemporáneo (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores) que comienza hablando de dos revoluciones, la Americana y la Francesa. 

La primera, que es una gran desconocida para nosotros, acabó bien; la segunda, que fue tributaria de aquella y es el gran icono histórico europeo, no.

–Es verdad que la interpretación convencional que muchos hacemos de la Historia Contemporánea parte de 1789 con la Revolución Francesa, dejando fuera a la Revolución Americana que tiene una gran importancia en sí misma, dado que Estados Unidos ha terminado por ser el país dominante, sobre todo, desde finales del XIX, y ya claramente, en el siglo XX. En cuanto a las ideas políticas y morales, a la concepción del estado y a la misma idea de “revolución” que defendieron Jefferson,  Madison, Hamilton, Adams o FranklinWashington se pronuncia menos sobre esas materias–, tienen una calidad extraordinaria. Y es verdad que una termina bien, porque los valores políticos sobre los que se sustenta la Revolución Americana (desde la autonomía que ya disfrutaban las colonias, la pluralidad religiosa de los disidentes ingleses que fueron desembarcando allí, más la idea que tenían de la separación de poderes, de la Constitución, de una República moderada, y del orden y el equilibrio de sus instituciones) han acabado siendo parte fundamental de lo que hoy entendemos por democracia. Por su parte, la Revolución Francesa, sobre todo a partir de 1793-94, primero degeneró en una dictadura de la minoría jacobina y luego acabó en el primer golpe de Estado militar moderno, con Napoleón Bonaparte a la cabeza el 18 de Brumario de 1799 (9 de noviembre según nuestro calendario).

Europa siempre ha sido más inestable, sanguinaria, impredecible y vengativa…

–Ojo, en Norteamérica también ocurren cosas terribles, ahí está la Guerra de Secesión en la que muere más gente que en todas las demás guerras en las que ha participado después, incluidas las dos mundiales y Vietnam. Políticamente es más estable, cierto, pues prevalece el sistema creado a fines del XVIII, su Constitución y la cultura de elecciones presidenciales a través de un sistema abierto de partidos. El orden constitucional ha sobrevivido prácticamente inalterado hasta nuestros días, incluso con herencias que a veces no entendemos, como las “caucus” en sus elecciones primarias, que es terminología propia del siglo XVIII, aunque a lo mejor deberían revisar esas variables de democracia directa. Gran Bretaña y EE.UU., a pesar de que hayan tenido crisis muy graves y de que hoy atraviesen por dificultades, han experimentado una evolución muy “ordenada”, como la calificó el Times. En cambio, la historia del continente europeo en el siglo XIX fue muy irregular, por lo menos, hasta el periodo de estabilidad y gran plenitud que se abrió durante los últimos treinta años del XIX: se han unificado Italia y Alemania y la vida política discurre  con cierto orden parlamentario y constitucional en casi todos los países, sean monarquías o repúblicas como Francia o Suiza. Ya en el siglo XX, Europa ha merecido el calificativo de “Continente negro” (Mark Mazower) durante la primera mitad del XX porque, efectivamente, el fascismo, el nazismo y el comunismo tuvieron aquí su origen.

Prólogo y Capítulo I
–A lo largo del libro pueden seguirse algunos hilos conductores, que son políticos e ideológicos como el liberalismo constitucional angloamericano, pero también culturales y científicos: el romanticismo, el realismo, las vanguardias, el existencialismo y el racionalismo científico o positivismo...

–La idea del XIX como un siglo británico y su parlamentarismo como modelo ideal de la política, y del XX como un siglo norteamericano, sería uno de los hilos conductores del libro, pues durante estos doscientos años la hegemonía angloamericana ha sido evidente. Desde el punto de vista de los valores y las ideas, desde mediados del XIX se produce un giro hacia el realismo y la moderación, y una toma de conciencia de las contradicciones del individuo, que el hombre romántico no tenía. Eso ya está en la novela realista del XIX (adulterio, pobreza, delincuencia, crimen, el mal acompaña a la Modernidad) y, por supuesto, ya en el XX, a partir de Freud, Husserl, Bergson, Heidegger, Ortega, Sartre, Camus, con toda claridad. Pese a los enormes avances científicos y tecnológicos, los hombres alimentan una idea de la vida como algo absurdo, el hombre “arrojado a vivir”, cierto malestar que coincide, quizá, con procesos de secularización graduales y lentos de la sociedad. Las verdades son provisionales, se dan ciertos relativismos morales, hay falta de creencias fuertes. Esto es más propio del XX, y su cultura y política de masas, que del XIX, porque la fuerza de las Iglesias o la impronta del pensamiento religioso aún jalonan la vida social hasta la Belle Époque, pero irán atenuándose o desapareciendo, entreguerras, ya entrado el XX.


Laboratorio de destrucción mundial

Capìlla ardiente del archiduque Francisco Fernando
de Austria y de su esposa, Sofía, asesinados en Sarajevo
–Otros grandes protagonistas de la historia contemporánea son los nacionalismos.

–Con el siglo XIX aparecen dos nacionalismos centrales: el alemán y el italiano, que son de unificación. Estos proyectos nacionales van unidos al liberalismo constitucional. En el Imperio Austro-húngaro no había un fuerte nacionalismo “nacional”. Gobernaba una especie de aristocracia cosmopolita: la élite del imperio que va aceptando las reivindicaciones, los derechos lingüísticos... Más tarde, cuando finaliza el siglo, surge otra cosa: la idea de que un pueblo que presente cualquier tipo de identidad (cultural, étnica, lingüística, religiosa) tiene derecho a la independencia. Dada la constitución de los estados modernos, cuando se rompe el “umbral de mínimos” para definir una nación, –como se solía decir–, se crea el gran problema de las “nacionalidades”. El etno-nacionalismo de fines del XIX no es ya un nacionalismo de unificación, sino movimientos de afirmación de la identidad en los que prevalece la etnia, la lengua o la cultura sobre la estructura política. El Imperio Austro-húngaro, que todo el mundo veía como un modelo de “estado multinacional” de gran estabilidad, deja de funcionar en el momento en que empiezan a aparecer checos, serbios, polacos, croatas, eslovenos, etc., reivindicando su nación. No había un fuerte nacionalismo “nacional” –insisto– austro-húngaro (quizá podía haberlo en Hungría, aunque no era la parte fuerte del imperio, pero en Austria nunca lo hubo)...  Karl Kraus vaticinó que el modelo sería un “laboratorio de la destrucción mundial”, en lo cual acertó, porque la Primera Guerra Mundial estalló, aunque no sólo por ello, tras el atentado nacionalista de Sarajevo, que fue su detonante.

–¿Cuáles fueron las consecuencias de esa contienda?

–Tiene una importancia excepcional porque se hunden tres imperios: el austro-húngaro, el ruso y el otomano, que eran factores de estabilidad mundial. Se crean numerosos países con grandes problemas internos, muchos de ellos de integración de minorías muy heterogéneas. Nacen con un fuerte “nacionalismo nacional”, como Rumanía, que casi siempre se expresa con fuertes xenofobia y antisemitismo, porque a la minoría judía se la considera un cuerpo extraño a la fundación nacional. Si uno hace de la etnia o de la lengua un componente exclusivo de la nacionalidad, el que no pertenezca a esa etnia o no hable esa lengua, queda fuera del proyecto nacional. Se mantuvieron Yugoslavia o Checoslovaquia porque algún estado multinacional debía quedar (y a fines del siglo XX se rompieron). Además, se produjeron el fascismo, que fue una reacción por haberse sentido Italia mal recompensada por su participación en la guerra y por el fracaso social y económico del estado nacido de la unificación. Y el nacionalsocialismo, que igualmente fue una reacción por lo que se consideró una “traición” de la clase dirigente alemana y luego, de la República de Weimar. Los dos son formas extremas del nacionalismo, que es su componente esencial;  antidemocráticas, a la vez contrarias al liberalismo y enemigas del socialismo, cosas que manifestaron una y otra vez sin disimilo alguno. El gobierno británico le encargó al historiador Edward H. Carr que coordinara a varios autores en un volumen que se titulará Nationalism and after (Nacionalismo como tal, Londres, McMillan, 1945) y literalmente dice en su prólogo que “el nacionalismo es la mayor amenaza para la Humanidad” pensando, sobre todo, en el fascismo italiano y en el nacionalsocialismo alemán.

–¿Y la URSS?

–Tampoco hubiera habido Revolución Soviética si Rusia no entra en la guerra, pierde dos millones de personas en dos años, descontento que capitaliza la minoría bolchevique para dar un golpe de Estado. Los regímenes europeos durante el XIX no son lo que hoy entendemos como democracias plenas (voto restringido, las mujeres no cuentan, las competencias de los parlamentos eran limitadas, pero al menos había sistemas de representación y, en algunos casos, como el británico, el parlamento es la esencia de la nacionalidad…) Donde no hubo nada de todo eso fue en Rusia. El zar reina y gobierna. Sí hubo una cierta modernización desde 1890, pero hecha desde arriba. No existía la “sociedad civil”, y cuando se da una cierta apertura al otorgar el zar una pseudoconstitución tras la gran revuelta de 1905, ya es demasiado tarde. 

Octubre, de S. M. Eisenstein
Una revolución tan romántica y espectacular ¿sólo fue “golpe de Estado de la minoría bolchevique”?

En efecto, pero hay dos grandes momentos. Primero una gran revuelta en marzo de 1917 que es espontánea, acéfala, sin dirección de masas, con grandes movilizaciones en las calles por descontento ante la guerra, el mal gobierno, el hambre, y que provoca la caída del zar Nicolás II. Y la de octubre, que es otra cosa: no se ha estabilizado la situación, continúan la guerra, el hambre, el desaprovisionamiento, y un dualismo de poder entre gobiernos parlamentarios muy débiles y las “asambleas del Pueblo”: los soviets, de forma que diez o doce dirigentes del ala bolchevique apoyados por diez o doce mil activistas de la guardia roja y alguna guarnición que deciden ir a la “revolución”. Es decir: hay una dirección. No es un proceso de masas sino de grupos armados que ocupan los centros estratégicos. Sin resistencia, pues el Gobierno ha huido, no hay esa “toma del palacio de invierno” en los términos dramáticos que nos ha acostumbrado la propaganda a través la pintura, la literatura o el cine revolucionarios. Concluyendo: en Rusia tampoco hay experiencia democrática durante el siglo XX, ni las instituciones representativas gozan de prestigio, ni cultura constitucional alguna, cosa que tampoco existirá con la dictadura soviética, ni siquiera hoy mismo, porque la Federación Rusa es una estado semiautoritario.


Un Estado del Bienestar para una “sociedad nueva”

Después de la II Guerra Mundial que acaba con el totalitarismo de Alemania, Italia y Japón, surge el Estado del Bienestar. ¿Se construyó para frenar la amenaza de una revolución comunista y se ha dejado caer cuando ésta ha desaparecido tras la caída de la URSS?

–Es cierto que hasta 1947 (cuando se crea el Sistema Nacional de Salud británico) no había, como tal, un Estado del Bienestar, pero sí existe desde principios del siglo XX algún tipo de leyes y medidas sociales en los países occidentales. A partir de los horrores de la guerra surge la necesidad de crear un tipo de sociedad nueva, que se da no sólo entre los progresistas, sino también entre los más conservadores, los liberales y los cristianos (las Iglesias, hay que ser justos, siempre la han tenido). Una “sociedad nueva” más justa que asuma su responsabilidad ante la enseñanza, la pobreza, el desempleo, la vejez o la enfermedad, y que es algo que proviene del espíritu de las dos revoluciones inaugurales de la modernidad contemporánea.

"Sed realistas, pedid lo imposible", Mayo de 1968

–Durante el apogeo de ese Estado del Bienestar, en 1968 se produce, de pronto en 1968, una gran revuelta juvenil en Francia y EE.UU. que tiene consecuencias en Italia, Alemania y todo el mundo occidental.

Mayo del 68 no podemos atribuirlo a las injusticias sociales, más bien responde a una rebelión generacional por razones estéticas, morales, sexuales, convencionales. Es una revuelta pasajera que puede producirse entre jóvenes que nacen de la prosperidad y la abundancia, y cuyo horizonte de vida quiere ser otro. Raymond Aron, con bastante precisión y mala intención, dijo que era una “revolución inencontrable”. Su mejor herencia fue la liberación de las costumbres y formas de vida: la mujer, la sexualidad, otras maneras de comunicarnos, actuar, vestirnos y divertirnos. Lo peor sería la irrupción de grupos radicales que, a partir de los mensajes del 68, resucitaron la acción violenta de fines del XIX y principios del XX. Los casos de la banda Baider–Meinhoff, en Alemania; o de las Brigadas Rojas y Poder Obrero en Italia, fueron un disparate de percepción de la realidad. Jóvenes muy ideologizados interpretaron todo aquello, que vino acompañado de un periodo de grandes reivindicaciones obreras convencionales: huelgas, luchas sindicales por conseguir mejoras laborales, participación en los beneficios, mayores salarios, como el preludio de una revolución. Y recurrieron a la lucha armada, causando un desastre inútil que costó la vida de centenares de personas, entre ellas, la de Aldo Moro. Una cosa es la mala conciencia y el anhelo de una vida mejor y más justa para todos; y otra muy distinta la violencia, la imposición por el terror y las estrategias de sangre.


La caída del Muro: “Una revolución como la de 1789, pero… ¡contra los revolucionarios!”

–Concluye el libro dedicando un capítulo a la Revolución de 1989, años en los que también se hablaba del Fin de la Historia¿Lo fue la caída del comunismo?

–Era una simplificación y una provocación intelectuales. En Francis Fukuyama había cierta ilusión de que había triunfado la democracia. Pero ha sido, desde luego, el fin de una época, así como la derrota histórica de la izquierda revolucionaria. La derrota de toda una visión del mundo fincada en una revolución “obrera” que se beneficiaba del ethos de la Revolución Francesa y que había reverdecido, por ejemplo, con la Revolución Cubana a finales de los años 50. La ocurrida en Europa del Este y en Rusia a lo largo de 1989 fue, casi, una revolución de 1789 pero… ¡contra los revolucionarios!

¿Tiene aún sentido la dicotomía entre izquierdas y derechas?   

Creo que el problema es eficiencia económica, justicia social y libertad individual. Objetivos de este tipo se pueden conseguir desde políticas conservadoras y desde posiciones socialdemócratas. Por tanto, la exigencia mayor es competencia, eficiencia y crecimiento ordenado. No tiene por qué haber una diferencia tan profunda y radical, porque tanto la izquierda como la derecha han asumido los valores políticos y sociales del constitucionalismo liberal y de la socialdemocracia. Tanto los partidos cristiano-demócratas y liberal-conservadores como los  socialdemócratas apelan al voto de grandes mayorías y tratan de gobernar para ellas. No gobiernan en nombre de unos pequeños sectores de la sociedad, sino que buscan el voto del centro y una apoyatura social muy amplia. Reciben el mandato de gobernar sociedades muy plurales y complejas y un radicalismo muy sectario sería rechazado en las urnas.

¿Existe una tercera vía...?

Tanto derechas como izquierdas hoy a su vez son coaliciones. En los partidos de la derecha hay sensibilidades distintas y en los de la izquierda, también. Cuando hablamos de bipolaridad política, de dos partidos, en realidad hablamos de muchas más opciones. La fragmentación no sería buena, como en Argentina, o en Italia, donde ya no sabemos a qué sistema de partidos nos referimos, pues hay toda clase de combinatorias. Hoy la derecha y la izquierda son plurales y abiertas, pero si las consideramos como dos bloques extremos, erramos. Sartori habla de la importancia que siempre tiene el centro. Sea cual sea el partido que gobierne, la exigencia del sistema es que lo haga para esa gran mayoría heterogénea.

¿Y los nacionalistas actuales?

Hay de todo. Yo diría que la filosofía que está detrás del nacionalismo enfatiza la nación como objeto y como sujeto de la política, la colectividad, la territorialidad, la cultura particularista y la etnicidad. El liberalismo constitucional y la socialdemocracia apuestan por los derechos sociales y los del individuo, así como por la pluralidad educativa en sociedades no excluyentes sino integradoras.


“Hoy puede pasar cualquier cosa”

–¿Cómo resumiría la evolución del mundo en los dos siglos largos que recorre este libro?

–La evolución económica, demográfica y cultural de los siglos XIX y XX resulta espectacular. El mundo es igual entre el año 0 y el año 1800: los economistas a lo mejor hablan de que el PIB mundial pudo cambiar un 0’2 por ciento en todo ese tiempo. Pero el crecimiento entre 1800 y 1900 ya es incalculable; y aún se dispara más, de forma logarítmica, entre 1900 y hoy día. Por ejemplo, entre 1995 y 2005 las Autonomías españolas duplicaron la renta regional y la renta per capita. Entre el año 0 y 1800, el mundo entero seguía casi igual; cambiaron la ropa y los mapas, pero la tecnología era prácticamente la misma: el arado, el molino de harina, el candil o la vela, el ladrillo…

Primera Guerra del Golfo (1990 - 91)

–Sin embargo, usted se muestra pesimista, también habla de que hoy nos enfrentamos a un “espejismo de paz”…

–Claro, otra cosa es que la caída del comunismo haya abierto al principio una etapa de estabilidad. Pero enseguida volvimos a vivir momentos de incertidumbre. Creímos que la gran tensión bipolar había desaparecido y que podíamos caminar con una cierta distensión internacional, y hoy nos encontramos ante un “espejismo de paz”. Recuerden la Primera guerra del Golfo. Parecía que era lo que había que hacer: primero, condena de la ONU a la ocupación de un país por otro. Luego, se articula una gran coalición con participación del mundo árabe, de los países occidentales, con EE.UU. a la cabeza, a la que se suman muchos otros, y que está arropada por el Consejo de Seguridad. Y se actúa. Pero, poco después, todo eso se viene abajo. Estallan las guerras balcánicas, aparecen las redes de terrorismo fundamentalista islámico sin bases territoriales de Al-Kaida, nacen estados fallidos a partir de la desintegración del imperio soviético, se producen guerras tribales en África con genocidios como el de Rwanda, el conflicto palestino-israelí se recrudece con dos intifadas y ocurre el atentado del 11-S con un estado cómplice: Afganistán bajo los talibanes… Y todo ante la inacción de los propios países vecinos, europeos, asiáticos y africanos, así como de los organismos internacionales: ONU, OTAN… Hemos perdido la gran oportunidad de 1989 y volvemos a un mundo complejo, difícil, conflictivo, donde hay muchos elementos de tensión, algunos comprensibles, otros ilógicos, en el que puede pasar cualquier cosa.


–Eterno retorno de la historia más que tiempo lineal: ¿No estamos en 2013 como en el siglo XV? Hace poco que Marco Polo nos ha descubierto China (hoy esa nación, por primera vez en 5.000 años, ha salido de su ensimismamiento histórico y ya nos está colonizando). Como enemigo universal: el Turco (ahora el fundamentalismo islámico). Gutenberg acaba de inventar la imprenta en 1440, que introduce un absoluto cambio de paradigma cultural, social, educativo y económico (Internet)… ¿Caerá otra vez Constantinopla? 

Bashar al-Assad y Vladimir Putin flanqueados por sus esposas
–Hay coyunturas históricas que pueden recordar a otras, pero el tiempo, a pesar de su intento, es lineal, créame, y no cíclico… (Se ríe) Bueno, sí, tales similitudes pueden provocar alguna reflexión histórica, cosas que aprender, aunque hace tiempo ya que la gente ha renunciado a que la Historia nos pueda “enseñar” algo. Aunque sí debería enseñarnos, y nosotros aprender, cierta “prudencia civil”, cierto “escepticismo”, como decía Nietzsche críticamente, pues él consideraba que esa prudencia y ese escepticismo eran elementos de “debilidad”… En fín, es verdad que ahora vivimos una situación muy tensa con la guerra civil en Siria, la amenaza de una intervención armada de EE.UU. y otros países, y la advertencia de Rusia frente a cualquier acción contra el régimen de Bashar al-Assad. Todo ello recuerda mucho a la situación que desencadenó la Primera Guerra Mundial, cuando Rusia amenazó a quien tocara a Serbia con que debería entendérselas con ella, lo que dio lugar a una serie de fatales encadenamientos cuyo resultado fue una guerra que nadie esperaba y que casi nadie quería.



martes, 24 de septiembre de 2013

Álvaro Mutis (1925-2013), un “raro” de Rubén Darío



Descendiente lejano del sacerdote, botánico, médico y geógrafo José Celestino Mutis –defensor de las teorías copernicanas, de la física newtoniana y taxonomista de la flora suramericana y que era hermano de su tatarabuelo, este  poeta y narrador colombiano nació en Bogotá el 25 de agosto de 1925, aunque sus primeros nueve años de vida transcurrieron en Bruselas, en donde su padre, el diplomático Santiago Mutis, estuvo destinado, lo que le aportó, además de un absoluto dominio del francés, una especial predilección por la cultura, el arte y la literatura galas. Su  padre muere allí, prematura y repentinamente, en 1934.

              El futuro escritor regresa a su tierra natal con su madre, Carolina Jaramillo, y se instalan en el corregimiento de Coello-Cocora, en la región de Tolima, donde un tío suyo poseía una explotación agraria de café y caña de azúcar. “Tuve siempre un mundo propio que finca sus raíces en algunos parajes de Colombia y de Europa, desde los cañaverales y cafetales de mi infancia y adolescencia en la tierra caliente, hasta el Mar del Norte y el Canal de la Mancha, avistados a veces desde la costa belga. Mi poesía tanto como mi narrativa se deben al paisaje, porque el paisaje –como decía Amiel– a mí me asalta como un estado del alma”. Y se deben, asimismo, a los barcos, pero no a los de las grandes líneas sino a esos otros, más modestos, propiedad de un capitán o de una familia, que me conmueven como las armas de don Quijote. Como él se enfrentan a los imprevisibles molinos del Caribe, a sus huracanes y tempestades, desplegando un esfuerzo titánico, heroico, pero singular”.

Ya desde muy joven, tenía 16 o 17 años, sintió el deseo de embarcarse en la poesía “bajo el fuego de  Baudelaire y de Rimbaud soñando escribir poemas en prosa. La sorpresa fue que habría de convertirme, además, en novelista. Casi niño me enamoré del Quijote, de Garcilaso de la Vega, de Tirso de Molina, de Lope de Vega –el lírico más que el dramaturgo– y finalmente de Antonio Machado. Él ha marcado mi obra con los hierros ardientes de un tono poético entre la melancolía y la nostalgia; y con un aliento musical al aire de Rubén Darío que me ha conmovido siempre”. Y entre los franceses, “me sigue sonando bien Alphonse Lamartine, no Alfred de Musset, algo más Stéphane Mallarmé, a quien admiro por el riesgo de su aventura; un riesgo que Maqroll el Gaviero ha afrontado siempre desde que zarpara. Me gustan las novelas de Ferdinand Cèline; por supuesto: En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, que periódicamente releo de un tirón. Los escritos de Colette. Y el más importante de todos, junto a Cervantes, Miguel de Montaigne”.

En cambio, siempre mostró su desafecto por la literatura inglesa, quizá porque “me opongo a la utilización instrumental del lenguaje, un vicio anglosajón que es la marca de nuestra más inmediata modernidad”. Si bien es cierto, Mutis admiró, y mucho, a Walt Whitman, el  vate de Norteamérica que cantaba al Yo, faro de otro gran poeta de alma marinera: Pablo Neruda. A Herman Melville y su viaje iniciático en pos del Leviatán. Y sobre todos, a Joseph Conrad, que no era británico pero sí maestro de su lengua: el capitán mercante polaco que, al jubilarse, nos guió hasta El corazón de las tinieblas.  



Los estudios convencionales jamás fueron su fuerte. Matriculado en la Universidad de Rosario para obtener el diploma de bachiller donde asistió a las clases de Literatura Española del poeta Eduardo Carranza, una influencia capital en su vocación literaria, pudieron más el billar y la poesía. Jamás obtuvo el título, como tampoco vivirá de la escritura y apenas del periodismo, y no por prevención ni por aristocratismo: “¡Dios me libre! Casi nunca he escrito en diarios ni revistas, porque me he ganado la vida trabajando para empresas privadas. Algo hice en la radio y escribí algún tiempo para un periódico madrileño, pero nunca me sentí a gusto haciendo periodismo literario”. Sin embargo, tal parquedad se debió también a la suspicacia: “La verdad es que desconfío de la palabra escrita a vuelapluma, sobre todo en los diarios, de los que sólo leo los titulares. Tampoco veo la televisión. No me interesa en absoluto la actualidad, esa manifestación superficial de tragedias humanas muy hondas, tragedias que siempre han sido las mismas, dado el profundo egoísmo de la especie humana”. Y así, primero fue periodista en la emisora de radio Nuevo Mundo, donde ingresó a los 18 años tras casarse por primera vez en 1942; y luego, relaciones públicas en compañías petroleras, como Esso y Standard Oil; líneas aéreas como Panamericana; y distribuidoras cinematográficas, como las divisiones españolas de Twenty Century FoxColumbia Pictures. Muchos recordarán la voz del narrador que abría cada capítulo de la serie Los intocables, que él doblaba al castellano para la televisión de los años 60.  

En 1948 publica su primer poemario, La balanza, junto con Carlos Patiño; y cinco años después, Los elementos del desastre, en el que aparece por primera vez Maqroll el Gaviero, que será protagonista central de su poesía y de su narrativa. “Ha surgido en mis páginas con tanta fuerza que muchas veces me han preguntado si él no era Álvaro Mutis. Tiene mucho de lo que quise ser y no fui, de lo que yo hubiera querido ser y no pude ser. Y tiene mucho de lo que él quiere ser y no puede por estar en mis manos, y porque yo, a veces, no le dejo vivir todo lo que él quisiera. Sin embargo, muy a menudo va por libre y no me hace ningún caso. Pero él no es un aventurero yo rechazo ese adjetivo que muchos le aplican pues este marino, contrabandista y filósofo a tiempo parcial no va en busca de aventuras. Será por su carácter, por su vida o por su temple, pero a él le ocurren las cosas, a él le buscan los conflictos”.

Quizá como a su autor. En 1956 tuvo que huir de Colombia y se instala en la Ciudad de México –en donde ha residido hasta el domingo, día de su muerte– porque la Esso lo denuncia por malversación. Mutis, como el Gaviero, tenía algo de pícaro, pero era un pícaro desinteresado que había despilfarrado fondos de la compañía destinados a hospitales y beneficencia en locas “ayudas culturales”, de las que muchos escritores, artistas y periodistas como su gran amigo Gabriel García Márquez (quien le debe el patrocinio y la atenta lectura, día a día y capítulo a capítulo de Cien años de soledad) se beneficiaron: ¡Salvaba comunistas bajo la dictadura del general Rojas Pinilla
         Trae cartas de presentación para los cineastas Luis Buñuel, quien seguramente le acerca a Manuel Barbachano Ponce, productor de Nazarín; y Luis de Llano; y enseguida entabla amistad con Octavio Paz, Juan Rulfo y Carlos Fuentes, amistades que mantendrá toda la vida. Tres años después ingresa en la cárcel, donde pasa quince meses como preso preventivo, pues la Interpol había solicitado su extradición. Tras esa experiencia, que cambia su visión del dolor y el destino humanos, hace su primera incursión en la prosa con su Diario de Lecumberri, libro que aparece en 1960.



No debutará como narrador hasta 1978 con La nieve del almirante, primera novela de la saga del Gaviero que se continuará con Amirbar, Ilona llega con la lluvia, Un bel morir , La última escala del Tramp Steamer, Abdul Bashur, soñador de navíos y Tríptico de mar y tierra (1993).

Para Mutis, “la escritura es siempre una forma de poiesis. Tiene una sola fuente y un solo propósito: combatir los demonios y las obsesiones que me visitan”. ¿Cuáles? “El primero, es el más terrible: el del tiempo perdido y recobrado, al que queremos mantener intacto y que, muy a pesar nuestro, se transforma y nos cambia hasta impedirnos reconocer en la realidad los sitios que en la memoria nos persiguen. El segundo, la capacidad de destrucción de la vida, las cosas que, al usarse, se gastan: me obsesionan los trenes oxidados que no caminan, las cosas inútiles que se amontonan en un rincón con la cara gris y anónima de las piedras. Y el tercero es amo de ciertas presencias históricas, como las vidas de César Borgia, el cardenal Richelieu, Telleyrand, el espléndido caso de Carlos V o el asombroso de San Francisco de Borja. Estos giros del destino me apasionan porque la historia, al dar una pirueta magnífica, se nos muestra con sorpresa”.


Quizá por ello jamás participó en política ni votó nunca. "El único acontecimiento histórico que me perturba es la Caída de Bizancio ante los infieles turcos en 1453". Por haber nacido el día que se celebra a San Luis, rey de los franceses, quizá forjó una devoción sin límites por la Monarquía: “Soy legitimista y gibelino. Monárquico legitimista, porque niego la validez de todo precepto, orden o ley que sea producto del consenso de los hombres. No acepto bajo ningún pretexto un sistema político elaborado estrictamente con elementos inmanentes, con elementos nacidos de la misma razón humana. Sólo podría acatar de corazón un poder trascendente y ese es la Monarquía absoluta de origen divino que se transmite según ciertas leyes de sucesión. Creo, como lo hacía José Ortega y Gasset, que cuando muchos individuos se ponen de acuerdo es para cometer una bellaquería o una imbecilidad. Me declaro gibelino porque sostengo los ideales que fundamentaron la comunidad europea habida durante el Sacro Imperio Romano Germánico, que se derrumba cuando el emperador Enrique IV, el Sálico, va a humillarse frente a Gregorio VII, el papa soberbio que crea el poder temporal del papado. La Iglesia Estado fue una catástrofe y la fuente original de la inmensa corrupción eclesiástica, contra la que se levantaron los gibelinos; de la Reforma, que fue una reacción contra ella; del calvinismo, padre del racionalismo y del liberalismo…. Y de toda esta farsa por la que los hombres creen que se gobiernan bajo una supuesta mayoría”.   
     
          En fin, si no fuera porque son dos adjetivos que se usan de forma negativa, podría decirse que Álvaro Mutis ha sido un escritor tan excéntrico como extravagante, raro y único por su originalidad y porque su centro no coincide con el de los demás: un raro, pues, a la manera en que Rubén Darío clasificaba a autores como Edgar Allan Poe, Leconte de Lisle, Paul Verlaine, el conde Mathias Auguste Villiers de L’Isle Adam, Isidoro Ducasse (conde de Lautréamont, aunque fuera uruguayo), Henrik Ibsen o José Martí.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Baraja de castigo - Capítulo IV (fragmento)


Iríbar no puede con Amancio (años 60)

Madrid, otoño de 1964

(...)

Aquel domingo también jugaban el Real Madrid y el Barcelona. Entre nosotros era motivo de alta tensión. Mi hermano forofo del Barça, mi padre fiel al Madrid y yo, es claro, como él, aunque nunca me haya gustado el fútbol por culpa de los dos. Pero, ¿cómo podía seguir, el muy insensato, a ese equipo que aún tardará décadas en ganar una simple Copa de Europa, aunque ya hubiera sido finalista en 1961? No, nadie suponga que lo hizo por verdadera pasión culé, sino porque al aterrizar en España, meses después que mis padres y yo (él acabó su curso escolar en un internado de Cuernavaca), para alegrarle tan dura mudanza (en México dejaba grandes amigos y parientes postizos) le trajo al Bernabéu a disfrutar de su primer gran Derby. Entonces ocurrió algo mágico o alquímico: aquel equipo del que apenas había oído hablar vestía el mismo uniforme que el Atlante: ¡camiseta de rayas azul y grana sobre pantalón azul! Y mi hermano había sido devoto suyo desde 1952, cuando la familia se exilió en el Distrito Federal, quizá porque hubiese ganado su Liga el año anterior:

–Nomás yo le voy al Barcelona­ –dijo y se quedó tan pancho por ser, además, el gran contreras.

Tenía trece años, ahora casi cumplía diecinueve, ya sobrepasaba el metro ochenta y era un muchacho corpulento, diez años mayor que yo. Cuando nos quedábamos a solas, me preguntaba en tono amenazante:

–Y ahora… ¿de qué equipo eres, pinche enano mamón?

Es verdad que tampoco me hubiera interesado mucho el fútbol sin tales presiones, para mayor disgusto de mi padre, gran aficionado, amigo de Alfredo Di Stéfano, desde que me llevó por primera vez al estadio, cumplidos los seis años, y no miré hacia el campo en todo el encuentro, porque sólo me impresionaba el inmenso graderío abarrotado de gente sentada y de pie.

–¡Mira, el partido se juega ahí, abajo, sobre el césped que es verde! ­–él señalaba la cancha y yo erre que erre, hipnotizado por la multitud.

 Siempre que podía me llevaba a los eriales que flanqueaban la autopista entre la Avenida de América y Barajas con algunos amiguitos para echar unos balonazos y yo casi nunca atinaba. Luego nos convidaba a merendar en la terraza de la cafetería del aeropuerto, bajo la antigua torre de control, y veíamos despegar o aterrizar modernos aviones comerciales de “propulsión a chorro”, así se llamaba aún a los reactores, como los norteamericanos Boeing 707, 727 y McDonnell Douglas DC8 de la TWA y la Pan Am, los peligrosos Caravelle de Air France, modelos que asimismo nutrían, algunos, la flota de Iberia; o el británico Havilland Comet 4 de la BOAC y la BEA, junto a los que todavía impulsaban motores de hélice: algún DC7 pasado de moda, los más recientes Fokker 27 y otros que ya no recuerdo ni identifico. Aquel aeropuerto hoy nos parecería un coqueto apeadero de aviones en mitad de una vaguada.   

La verdad es que yo sólo les acompañaba al Bernabeú cuando jugaban el Madrid y el Barcelona por si había goleada, es claro: del Madrid, para luego mortificar a mi hermano como pequeña venganza. Sobre todo si había testigos, como era el caso, pues todos los domingos el tío Hugo almorzaba en familia con nosotros. Hacía una tarde soleada pese a la estación, y algo fresca, eso sí, unos trece grados al descubierto, pues en nuestra infancia el otoño era otoño y el invierno, invierno, ya saben: viento, lluvia, frío… y sabañones.

Horas antes de que el árbitro, el navarro Zariquiegui Izco, pitara el comienzo del partido, desde la terraza principal de nuestro piso, que asomaba al estadio, ya se avistaban columnas de hinchas, pocas mujeres, bastantes niños y jóvenes, los hombres con botas de vino, algunos sombreros de ala y muchas boinas; todos acarreando bocadillos envueltos en papel de estraza o viejos periódicos en los bolsos de sus abrigos, al tiempo que agitaban bufandas, en su mayoría merengues, pero también azulgranas, respetándose, todavía, unas peñas a otras, aunque se retaran con himnos y estribillos, pues guardaban cierta distancia como civilizada tierra de nadie, mientras descendían con gran alboroto por General Perón hacia la Plaza de Lima, desde Juan de Olías, cuello de botella que conectaba con el metro por la estación de Estrecho en la vecina Bravo Murillo. A medida que la hora se acercaba, oleadas de motos, coches y más motos y coches aparcaban donde podían y aún se apeaba más público de los tranvías y autobuses de las líneas 74 y 27, respectivamente, los cuales transitaban repletos de gente a lo largo de la Avenida del Generalísimo y sus playas laterales.

Hoy hay que recordarlo, sobre todo, porque han cambiado las tornas: el Barça no atravesaba una buena racha en la Liga por aquellos tiempos. El año anterior había quedado sexto y el Madrid ahora corría a encadenar la quinta victoria con esta temporada y aspiraba, aunque eso no se cumpliría hasta 1966 frente al Partizan de Belgrado, a la sexta Copa de Europa, pues ya la había alzado cinco veces consecutivas entre 1956 y 1960, siendo subcampeón los años 1962 y 1964.

Este 8 de noviembre, cuando iba a disputarse la novena jornada de Primera División, el Barcelona ocupaba un discreto séptimo puesto de la clasificación general con ocho puntos. Por su parte, los merengues se situaban en el tercero de la tabla a sólo tres del líder: un potente Atlético de Madrid, cuando los colchoneros aún jugaban en el Metropolitano, presididos por don Vicente Calderón, estadio situado cerca de Reina Vitoria, en la actual Plaza de la Ciudad de Viena, entre las calles Beatriz de Bobadilla, Santiago Rusiñol y la Avenida de Juan XXIII, antes de inaugurarse en 1966 el campo del Manzanares.  

Aquel domingo no jugaba Alfredo Di Stéfano, ésta sería su última temporada en la escuadra blanca, pues concluiría su carrera en el Club Deportivo Español dos años después. El Bernabéu aguarda al 7 de junio de 1967 para tributarle un partido homenaje frente al Celtic de Glasgow. El templo en pie le dedicará una ovación conmovedora, interminable, cuando se desprenda, justo en el minuto trece del partido, del brazalete de capitán del equipo y lo entregue a quien será su sucesor: Ramón Moreno Grosso.

En fin, ahora saltaban al terreno de juego, cuyo césped estaba en muy buenas condiciones porque aquella semana la lluvia había descansado, Betancor, Miera, Santamaría, Pachín, Müller, Zoco, Serena, Amancio, Grosso, Martínez y Gento, por los anfitriones; y Sadurní, Benitez, Olivella, Gracia, Vergés, Torrent, Pereda, Rifé, Re, Fusté y Seminario, por los visitantes.  Cerca de ochenta y cinco mil espectadores ocupaban las gradas, los más de pie, una buena entrada, no apoteósica, si se piensa que allí podían concentrase hasta ciento veinticinco cinco mil –mayor aforo tras el Estadio de Wembley– pues clareaba el segundo anfiteatro del fondo Norte. Mi padre había conseguido unas estupendas localidades junto a la tribuna presidencial, cerca de una salida y casi a ras de calle, aunque eran bastante caras, pero se estiraba de lo lindo cuando yo les acompañaba, porque tenía pánico a que me ocurriera algo si se producía alguna avalancha en los vomitorios al evacuarse el estadio. Cuando de mí se trataba, siempre, siempre tenía alguna razón para tener miedo de cualquier cosa. No lo podía remediar y a mí eso me alteraba los nervios.

  El árbitro lidió fácilmente con las fieras, porque fue un encuentro noble, demasiado blando para el gusto de los más aficionados y de los críticos, como el gran Gilera padre, cronista de ABC, siempre ávidos de emociones al límite. La defensa culé se dedicó a provocar numerosos fuera de juego y hasta en cinco ocasiones alzaron el banderín los linieres, pues pugnó en línea de corrimiento para descolocar a los delanteros y mediocampistas merengues. A pesar de esas tretas, durante el primer tiempo el dominio madridista fue indiscutible y rentable. Una combinación rápida y en corto entre Grosso y Amancio Amaro Varela, justo por el centro, que este último remató con un potente trallazo –el guardameta Salvador Sadurní apenas pudo desviar unos centímetros la fatal trayectoria del esférico– se cobró el primer tanto a los dieciséis minutos del partido. Mi padre, el tío Hugo y yo saltamos movidos por el mismo resorte que la hinchada madridista, gritando:

–¡Gol! ¡Gool! ¡Goool! –uno tras otro.     

A mi hermano se le torció el gesto, pero no perdió la esperanza, ni siquiera cuando otra velocísima y profunda incursión del portentoso delantero coruñés, que ni un fuerte agarrón del zaguero Martín Vergés pudo atajar, batió de nuevo al portero azulgrana, exactamente un cuarto de hora más tarde, aunque Sadurní hubiera salido de puerta para cubrir el espacio, intentando así evitar, con gran arrojo, que Amancio coronara otro disparo sibilino que casi engaña a la red:     
  
–¡Goooooool! –rugió la marabunta.

Fue una jugada extraordinaria. Nos intercambiamos algunas sonrisitas y miradas de cachondeo, mientras Richard se mordía las uñas, molesto y humillado, aunque no perdía la esperanza: todavía restaba un largo segundo tiempo.

Acudimos al bar durante el descanso. Allí mi padre y el tío Hugo se encontraron con unos viejos conocidos muy apreciados: el actor Armando Comas, acompañado de su  elegante esposa, Magdalena Martín; el compositor, arreglista y director orquestal Aurelio de Alcaraz, autor de grandes hits populares y estrella de la televisión española; y  Venancio Parra y Tagores, personaje harto conocido en medios artísticos, de quien nadie sabía si también era abogado, como él aseguraba, si vivía de enviar crónicas deportivas y del mundo del espectáculo a los diarios hispanoamericanos; o si lo hacía gracias a algunos servicios especiales que le prestaba al gran productor y distribuidor español de la época Cesáreo González. No tuvieron tiempo de intercambiar muchas frases, se saludaron cordialmente, hicieron algún comentario sobre el emocionante partido, pero antes de volver a sus localidades, Malena –así la llamaban todos–  les invitó a jugar aquella misma noche una liviana partida de póquer en su casa.

Volvimos a nuestros asientos. La presión madridista se relajó ya desde el comienzo del segundo tiempo, sin grandes jugadas de alcance, algo que advirtieron los siempre aviesos culés, quienes recuperaron algo de ritmo, empuje y coraje. Entonces, se produjo un saque de córner, que sirve el burgalés Chus Pereda, y el delantero paraguayo Cayetano Re, que este año iba a consagrarse con el trofeo Pichichi, aprovecha ese balón volante en un claro despiste de la defensa blanca, remata y le cuela la pelota al canario Antonio Betancor en el minuto veintiuno. Ahora sí, mi hermano brinca sobre su almohadilla y ya de pie sobre ella, todo lo largo que es, alza los brazos, cierra los puños y vocea a todo pulmón:

­–¡Gol! ¡Gool! ¡Goooool! ­–casi a solas.

Todos a nuestro alrededor lo miraron, podría pasar cualquier cosa, mi padre le tira del chaquetón, él vuelve a sentarse y se comporta. En fin, la esperanza será lo último que pierda. Pero los merengues reaccionan, sólo ocho minutos después un centro en diagonal y por alto del alemán Gerd Müller, que Amancio conecta de cabeza con impulso y cambio de trayectoria, entra de lleno por el arco de Sadurní. Ahora sí:

  ­–¡Gooooooool! ­–por el tercero de su gran delantero.

El Barcelona saca de centro, alicorto y abatido enseguida pierde la pelota y el Madrid –al que todo le sabe a poco, pues lleva años intratable– contraataca sin piedad ni oposición, para que el gato Fernando Serena sentencie, sólo dos minutos más tarde, un partido de goleada: cuatro a uno.

Retumba el estadio.

A partir de ese momento, el Barça ya no se repondrá. Cuando Zariquiegui Izco señaló el final del encuentro, el Bernabéu despedirá a su equipo, ahora en segunda posición de la Liga y a un punto del Atleti, vitoreando a Amancio, héroe de la jornada por sus tres goles rotundos como tres soles. Aunque, y todo hay que decirlo, aquella temporada también se saldó con otra goleada igualmente sonora. El Benfica de la Pantera de Mozambique, Eusébio da Silva Ferreira, no menos intratable, le endosó al Madrid cinco a uno en los cuartos de final de la Copa de Europa. Blanda le sea.
        
Para mí, que por entonces sólo contaba ocho años, ciento cincuenta y cinco días y once horas, por ser algo más de las siete de la tarde, la fiesta aún no había acabado. ¿Quién no recuerda con alegre gravedad la vuelta a casa, haciendo escala en algún bar de Marceliano Santamaría para compartir con los mayores este rito viril, que lo es de iniciación, pues te permitían tomar una caña o un botellín de cerveza, escuchar chistes verdes, decir alguna palabrota –no muy malsonante, claro– mientras se comentaban los mejores lances del partido… algo impensable en nuestras mesas?

(...)