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domingo, 24 de abril de 2016

Baraja de castigo: Silvia y Tulio, hermanos de cine



Silvia Pinal y Arturo de Córdova en Un extraño en la escalera


A los dos: a mi padre y a mi madrina
Soy cronista de una memoria ajena y mía. Memoria, al fin y al cabo, siempre fabuladora. Cuando mi padre, el director de cine argentino Tulio Demicheli se vio obligado al “exilio voluntario”, allá por el año 1954, pues el peronismo le había puesto la tapa del ataúd profesional, viajó a México y semanas después lo harían mi madre, Marie-Jo Tarpín, y su hijo, mi hermano Richard Walker. Para entonces, mi padre ya se había presentado al importante productor mexicano Gregorio Walerstein buscando trabajo.

A mí me contó así la escena:

Cómo no, le conozco muy bien: usted escribe importantes guiones y dirige películas de gran éxito popular y de crítica en Argentina.

Acto seguido le puso en las manos las llaves de un coche y además le regaló una estupenda cámara Bolex de 16 mm, y concluyó:

–A cambio, yo seré siempre el productor que menos le pague.

Estaba contratado, pero no podía dirigir en México por causa de la regulación sindical de la época, así que había que pensar en Cuba.

Su primera película en La Habana fue Más fuerte que el amor, protagonizada por el galán español Jorge Mistral y la maravillosa pero desdichada actriz checa Miroslava Stern, quien sería amiga íntima de la familia hasta su triste final, un quién sabe si supuesto suicidio, pues en vísperas cenó o comió en casa, cosa frecuente. Hasta Richard, que era un niño y que la vio aquel día o aquella noche, hoy duda de que fuera tal, pues fue muy cariñosa y afable con él, como mis padres, que siempre lo dudaron:

–Nunca lo entendimos, estaba muy animada: le habían hecho una gran oferta en Hollywood– me contó Tulio 1.

La segunda película iba a ser Un extraño en la escalera, adaptación de una pieza teatral del exitoso dramaturgo y guionista húngaro Ladislas Fodor. Walerstein había apostado por la italiana Silvana Pampanini, una exuberante diva de la comedia erótica de aquellos años, para protagonizar la película con Arturo de Córdova .

        Sin embargo, Tulio se había encandilado con una actriz a la que había visto, recién llegado, en una película de Cantinflas –creo que El portero –, una cinta algo añosa, como así ocurría en la programación de los cines al descubierto de Acapulco. Aunque ya había trabajado con Pedro Infante y con Germán Valdés Tin-Tan en varios filmes y alcanzado notoriedad, pues había conseguido el premio Ariel para actriz de reparto por Un rincón cerca del cielo, Silvia nunca antes había señoreado la marquesina. A Walerstein aquella proposición le pareció impúdica: un valor cierto aún por demostrar, frente a la Pampanini, que arrastraba a las salas a multitudes en Italia, Europa e Iberoamérica. Pero accedió a que le hicieran una prueba, que mi padre no podría supervisar, pues estaba en La Habana.

Algunos días más tarde, Walerstein le envía un telegrama, cuyo texto pudo decir: “Prueba Pinal desastre”. Al parecer, Silvia, al verse frente al galán estrella, un Arturo de Córdova ya madurito (como así lo eran en todo el mundo los grandes protagonistas masculinos), se había o le habían puesto muy nerviosa ante la cámara. Y le envió las tomas. Tras verlas, mi padre respondió a aquel telegrama con otro, muy lacónico: “Silvia es Laura”. Puede que se cruzaran más mensajes, pero su terquedad casi tucumana venció y Walerstein no se arrepentiría aunque, eso sí, su último cablegrama sólo decía: “Contratada bajo su responsabilidad”, lo cual significaba que, si Tulio se equivocaba, a lo mejor dirigiría sus próximas películas en Groenlandia.

La cinta se rodó en La Habana y Varadero, con especial predilección por los escenarios interiores y exteriores naturales, algo que estaba en la naturaleza de un pionero neorrealista del cine latino (Arrabalera, Vivir un instante, Sala de guardia. Dock Sud), no un neorrealista ideológico, a la manera de Rossellini, sino humano y sentimental, como De Sica: pueblo, sonrisa y lágrima. Así lo había hecho en Argentina: historias cuanto más cercanas, mejor: crónica popular, comedia musical, intriga, melodrama, y salir a la calle sin back projection, abrir las puertas y en lo posible entrar en casas de verdad.

(No era fácil ventilar las películas al aire libre o interiores naturales en aquel tiempo, menos por razones económicas y más por razones técnicas y mecánicas: las cámaras eran mastodontes, sobre todo si había que blindarlas para el sonido directo; cámaras que había que desplazar sobre rieles o con voluminosas grúas. Además, la poca sensibilidad del material fotográfico y el uso de filtros que aún la disminuían más, obligaba a una luminotecnia aparatosa que sólo se lograba en interiores abatibles o desde el techo; es decir, en decorados construidos en estudio. Filmar en un set era más sencillo y barato: las películas se hacían en cuatro o cinco semanas 2.)



 A Silvia y a Arturo les arroparon en aquella película dos grandes actores: José María Linares Rivas y Andrés Soler, así como un estupendo director de fotografía: Jack Draper. El rodaje fue como la seda. Es una narración con una puesta en escena y en imagen muy dinámica, en la línea de lo que se llama cámara invisible (no hay cosa peor que un espectador piense: “Qué bonito plano, qué linda música”), al servicio de un relato tórrido, al borde del cine negro, hilvanado por una voz narradora omnipresente y que utiliza de manera enervante elementos dramáticos escénicos: los ventiladores de aspa en el techo, el machaqueo inmisericorde de las perforadoras de una obra próxima a la oficina donde transcurre el drama, en sueños, las persianillas y sus claroscuros, el calor húmedo y agobiante del trópico, cabarés y casinos…  Un triángulo compuesto por un empresario déspota y cínico, el gerente de confianza siempre despechado y una secretaria despampanante, seductora, simpática, manipuladora, cuya anatomía muchas veces se ceñía con una camiseta muy entallada (que causaría furor) y que conducirá a un complot criminal. Quizá sea una de las primeras películas hispanoamericanas que muestran un desnudo, aunque sea de espalda y a lo lejos, en la playa.

Un triángulo que se ve alterado por un misterioso personaje: el “extraño” que da título a la cinta. Aquí está el defecto de una obra casi redonda. Si el “extraño en la escalera” en vez de ser un ángel vendedor de enciclopedias, vaya por Dios, hubiera sido un demonio, el final habría resultado algo más sorprendente que una boda y el desistimiento de un crimen. Un demonio bueno que habría abocado a la pareja protagonista a la peor de las condenas: el matrimonio. Pero, en fin, qué le vamos a hacer, son las servidumbres de la época y sus finales postizos (a los que todos los guionistas y directores tenían que someterse, incluso Buñuel, como en Susana, demonio y carne).

Quizá, de haberse tramado un final menos moralista, la película hubiera destacado aún más en el Festival de Cannes (hasta el crítico y cineasta griego Ado Kyrou comentó su proyección, aunque para decir que era surrealismo involuntario, lo cual habría cambiado con otro desenlace). A mi padre, todo hay que decirlo, no le salían bien los finales, quizá porque los precipitaba cuando había mimado el desarrollo. Pero nunca caía en el esteticismo, buscaba el ritmo, que da al cine su naturaleza hipnótica. 
       
La película barrió en taquilla lo mismo en México que en toda Iberoamérica y en España. Silvia, que había rendido su doctorado actoral cum laude, me confesó una vez que se había dado cuenta de que era una estrella cuando vio, si mal no recuerdo en Lima durante una gira, un enorme afiche suyo con la gloriosa camiseta.

Y así fue: había nacido una estrella.

Por supuesto, a partir de ahí Silvia fue muchísimo más importante que Tulio, pero inseparables. En total, hicieron diez películas juntos entre 1955 y 1959. Mi padre recordaba especialmente algunas: Locura pasional, quizá por ser la primera que pudo filmar en la Ciudad de México y porque Silvia obtuvo el Ariel a la mejor actriz; Préstame tu cuerpo, La adúltera, y la arrolladora comedia loca Desnúdate Lucrecia, en cuyo rodaje se divirtieron como niños en Acapulco, tanto como el público en las salas. “El cine es una sala llena de gente”, decía Hitchcock, algo que mi padre traducía con dos sentencias estoicas: “Tanto das, tanto vales” pero “es una novia que siempre te deja”. Sin embargo, recordaba Una golfa por lo contrario: “Ésa no fue entendida y era buena” –así se quejaba él– y los dos habían puesto en esa cinta otro tipo de esperanza, nunca he sabido por qué, quizá sólo Gabriel Figueroa.

Todas estas películas certificaron el acierto de una entrañable y prodigiosa alianza profesional.



Luego, Charlestón, realizada tras Las locuras de Bárbara, fue otra cosa: España, el segundo paso del mutuo asalto a Europa, donde Tulio había aterrizado después de hacer un sonado melodrama religioso –él, que era ateo perfecto, y no por la gracia de Dios, sino por la de Walerstein: La herida luminosa, con Arturo de Córdova, Amparo Rivelles y José María Rodero (obra de teatro de Josep María de Sagarra que se programaba en Semana Santa y en la que Rodero fue pasando de interpretar el papel de joven seminarista al de su padre, el médico agnóstico y adúltero justificado, con el paso de los años). 

Cuando Tulio murió el 25 de mayo de 1992, Guillermo Cabrera Infante, a quien le unía una gran amistad que yo heredé, escribió en ABC que Charlestón era la única comedia musical de éxito que se había hecho en el cine de nuestra lengua. En fin, Silvia pudo ver a mi padre días antes de su último viaje a España, en Buenos Aires allí conoció a su primera mujer: la prodigiosa artista cubana Amelita Vargas, la Reina del Mambo–, y enseguida vino a Madrid, donde fuimos con nuestra querida amiga Isa Ferreiro a ponerle flores en su tumba. Tan reciente, que aún no tenía lápida escrita. Así es Silvia, siempre está.

Y es que la alianza profesional además escondía una gran hermandad en lo humano y personal. Mi hermano Richard decía: “Pueden acostarse juntos como hermanos”. Y así era. Siempre fueron hermanos de cine.

A finales de la década de los 70, cuando mi padre volvió a México y yo con él, podíamos reunirnos en su casa del Pedregal o en la de Acapulco, a mitad de una colina de vista portentosa, además de Sylvia Pasquel, hija del primer matrimonio de la actriz con Rafael Banquells y madre de Stephanie Salas; Viridiana, hija del segundo matrimonio con el empresario Gustavo Alatriste, actriz trágica y prematuramente desaparecida; los pequeños Alejandra y Luis Enrique, hijos de su tercer matrimonio con Enrique Guzmán, hoy artistas importantes; otros tres Tulios: Tulio grande, o el Chesito, como cariñosamente llamaban a mi padre sus viejos amigos; Tulio Hernández, el cuarto marido de Silvia, gobernador de Tlaxcala; y Tulio chico, el Buby (su ahijado, pero no de bautismo, pues me cristianaron a los ocho años en Madrid, sino porque Silvia y Enrique Rodríguez –quizá uno de los grandes amores de su vida, fallecido en un accidente cuando viajaba en su avioneta hacia Acapulco– se presentaron como testigos en el juzgado para registrar mi nacimiento). Es curioso encontrarse a un Tulio en la vida, por lo raro del nombre, pero aquí estaba una trinidad estadísticamente imposible.

Puede que Dolores del Río o María Félix hayan tenido mayor proyección internacional, pero a su lado fueron estrellas muy limitadas: Silvia Pinal es la mujer más extraordinaria que ha dado el mundo del espectáculo mexicano en el siglo XX, entre otras cosas, porque además de un mito erótico con el que han soñado millones de espectadores y también de sus innegables virtudes artísticas como actriz, ha sido una incansable productora de cine, teatro y televisión, capaz, incluso, de emprender aventuras como Viridiana, El ángel exterminador o Simón del desierto (sólo protagonizó la primera, pues en la segunda compartía un reparto coral y en la tercera apenas hizo una aparición colosal), absolutamente fuera del comercio y la ganancia asegurados, sólo por la gloria que da el arte.   

Y la Pinal ha tocado todos los palos.

Brilla en la comedia, lo más difícil, pues resulta más sencillo hacer llorar, aunque también domina el territorio del melodrama. Y en ambos casos, sus interpretaciones siempre están ajustadas. Cuando toca la peripecia desmadrada, se desliza por el filo de la navaja y chisporrotea ingenuidad y travesura. En la comedia dramática o romántica es coqueta o manipuladora pero generosa, regala un guiño o un mohín con naturalidad y a veces, con malicia. Cuando toca sufrir, se contiene y con su mirada entramos en las costuras y las heridas. A la hora del musical, canta y baila con solvencia, sensualidad, añadiendo picardía al hechizo. Cuando toca un papel de hondura sugiere, con delicadeza, misterios, intimidades, dudas y emociones.

Siempre con su voz inconfundible.



 
 Notas

Una versión algo más breve de este texto, que formará parte de Baraja de castigo, se acaba de publicar en la revista Letras Libres, para rendir homenaje a Silvia Pinal después de la publicación de su libro Esta soy yo por la editorial Porrúa de México DF.

1 Miroslava es un enigma irresoluble e inquietante, quizá vinculado no sólo con la psiquiatría –su fragilidad emocional era sísmica y catastrófica– sino con la guerra fría, y en mi casa siempre hubo debilidad por los comunistas. Hay quien supone que era agente de Moscú y de hecho le habían prohibido la entrada en España por espía, contratiempo que arregló Luis Miguel Dominguín, avalándola ante Franco.
Vivieron un gran romance.
Hay quien dice que su desengaño por la boda de Dominguín con Lucía Bosé es puro cuento; y que se trató de ocultar que había muerto con su nuevo amante, un empresario millonario, cuando se estrellaron en su avión privado y sólo era decente identificar a seis de los siete cadáveres.
Hay quien dice que al día siguiente, el 9 de marzo de 1955, fraguaron un falso escenario para su muerte, pero la versión pública es que Miroslava apareció inánime en su cuarto con el retrato del torero entre las manos, obras de García Lorca muy cerca, barbitúricos y tres, sí, hasta tres cartas de suicidio. Y con una, basta. Sólo la rumbera cubana Ninón Sevilla, amiga queridísima de la actriz, afirma saber la verdad, un secreto que se llevó a la tumba. 
          Por su parte, Silvia Pinal cuenta en Esta soy yo que “se hizo una pequeña reunión en casa de Tulio Demicheli para pedir mi mano. Algunos de los invitados fueron Octavio Paz y Miroslava, a quien, por cierto, notaron triste, melancólica y deprimida; nadie imaginó que era la última noche en que la verían con vida. Al día siguiente nos enteramos de su suicidio. Fue una noticia que nos dejó impresionados, era una muchacha linda, guapa, y con una buena carrera en el cine.”
         ¿Suposiciones? A todos nos gustan las teorías conspirativas. Y yo –que no la conocí porque aún no había nacido– prefiero la primera: guapa espía del Telón de Acero –aunque sea inverosímil.

2 La movilidad moderna se instalaría en el cine durante los años sesenta con la Nouvelle Vague y el Free Cinema, gracias a las pequeñas cámaras Arriflex, de origen periodístico, y a la utilización de material fotográfico más sensible, como el Tri X, en blanco y negro, cuando Hollywood no pudo soportar el cine de estudio por las delirantes imposiciones sindicales, y la Meca se trasladó no a Londres o a París sino a Roma. Y aun así, rodar siempre en escenarios naturales no fue lo normal hasta mediados los 60, en color o blanco y negro.


Filmografía conjunta

1955
Un extraño en la escalera, con Arturo de Córdova, Linares Rivas y Andrés Soler. Adaptación de TD de una obra teatral de Ladislas Fodor. Producida por Gregorio Walerstein. Fotografía de Jack Draper. Música de Antonio Díaz Conde. Director de arte Luis Moya. Montaje de Rafael Ceballos.  

1956
Locura pasional, con Carlos López Moctezuma, adaptación de TD de La sonata a Kreutzer de León Tolstoi. Producida por José de Vega. Fotografía de Ignacio Torres. Música de Juan García Esquivel. Director de arte Francisco Marco Chillet. Montaje de Rafael Ceballos.

La adúltera, con Ana Luisa Peluffo, Víctor Junco y Alberto de Mendoza. Guión de TD. Producida por Jorge Vidal. Fotografía de Jack Draper. Música de Gustavo César Carrión. Director de arte Jorge Fernández. Montaje de Rafael Ceballos.

1957
Dios no lo quiera, con Adolfo Warry Barrón. Adaptación de una obra de Samuel Eichelbaum de TD y Alfredo Varela. Producida por Emilio Tuero. Fotografía de José Ortiz Ramos. Música de Gonzalo Curiel. Director de arte Edward Fitzgerald. Montaje Carlos Savage.

1958
Desnúdate Lucrecia, con Alfonso Charpenel y Gustavo Rojo. Adaptación de una obra de Julio Amussen de TD y Alfredo Varela. Producida por Emilio Tuero. Fotografía de Agustín Jiménez. Música de Gonzalo Curiel. Director de arte Gunther Gerszo. Montaje de Carlos Savage.

Una golfa, con Sergio Bustamatne y Carlos López Moctezuma. Guión de TD, Sixto Pondal Ríos y Alfredo Varela. Producida por Emilio Tuero. Fotografía de Gabriel Figueroa. Director de arte Gunther Gerszo. Música de Gonzalo Curiel. Montaje de Carlos Savage y Pedro Velázquez.

Préstame tu cuerpo, con Manolo Fábregas, Lupe Carriles, Elena Contla y Mauricio Garcés. Guión de Alfredo Varela. Producida por Emilio Tuero. Fotografía de Agustín Martínez Solares. Director de arte Jesús Bracho. Música de Gonzalo Curiel. Montaje de Carlos Savage.

El hombre que me gusta, con Arturo de Córdova y Prudencia Grifell. Guión de TD  y Julio Porter. Producida por Sergio Kogan. Fotografía de Agustín Martínez Solares. Dirección de arte Gunther Gerszo. Música de Raúl Lavista. Montaje de Jorge Bustos.

1959
Las locuras de Bárbara, con Dolores Bremón, Marta Padován, Antonio Casal, Juan Calvo y Rubén Rojo. Guión de TD, Miguel Cussó y Julio Porter. Fotografía de Federico G. Larraya. Música de José Casas Augé y Angelo Francesco Lavignino. Director de arte Juan Alberto Sorel. Montaje de Juan Luis Oliver.

Charlestón, con Alberto Closas, Lina Canalejas y Pastor Serrador. Adaptación de una obra de Carlos Arniches y Joaquín Abati de TD, Miguel Cussó y Joaquín Montañola. Producida por Francisco Balcázar y Gonzalo Elvira. Fotografía de Antonio L. Ballesteros. Música de Juan Durán Alemany. Montaje de Juan Soler.





















domingo, 15 de septiembre de 2013

Baraja de castigo - Capítulo IV (fragmento)


Iríbar no puede con Amancio (años 60)

Madrid, otoño de 1964

(...)

Aquel domingo también jugaban el Real Madrid y el Barcelona. Entre nosotros era motivo de alta tensión. Mi hermano forofo del Barça, mi padre fiel al Madrid y yo, es claro, como él, aunque nunca me haya gustado el fútbol por culpa de los dos. Pero, ¿cómo podía seguir, el muy insensato, a ese equipo que aún tardará décadas en ganar una simple Copa de Europa, aunque ya hubiera sido finalista en 1961? No, nadie suponga que lo hizo por verdadera pasión culé, sino porque al aterrizar en España, meses después que mis padres y yo (él acabó su curso escolar en un internado de Cuernavaca), para alegrarle tan dura mudanza (en México dejaba grandes amigos y parientes postizos) le trajo al Bernabéu a disfrutar de su primer gran Derby. Entonces ocurrió algo mágico o alquímico: aquel equipo del que apenas había oído hablar vestía el mismo uniforme que el Atlante: ¡camiseta de rayas azul y grana sobre pantalón azul! Y mi hermano había sido devoto suyo desde 1952, cuando la familia se exilió en el Distrito Federal, quizá porque hubiese ganado su Liga el año anterior:

–Nomás yo le voy al Barcelona­ –dijo y se quedó tan pancho por ser, además, el gran contreras.

Tenía trece años, ahora casi cumplía diecinueve, ya sobrepasaba el metro ochenta y era un muchacho corpulento, diez años mayor que yo. Cuando nos quedábamos a solas, me preguntaba en tono amenazante:

–Y ahora… ¿de qué equipo eres, pinche enano mamón?

Es verdad que tampoco me hubiera interesado mucho el fútbol sin tales presiones, para mayor disgusto de mi padre, gran aficionado, amigo de Alfredo Di Stéfano, desde que me llevó por primera vez al estadio, cumplidos los seis años, y no miré hacia el campo en todo el encuentro, porque sólo me impresionaba el inmenso graderío abarrotado de gente sentada y de pie.

–¡Mira, el partido se juega ahí, abajo, sobre el césped que es verde! ­–él señalaba la cancha y yo erre que erre, hipnotizado por la multitud.

 Siempre que podía me llevaba a los eriales que flanqueaban la autopista entre la Avenida de América y Barajas con algunos amiguitos para echar unos balonazos y yo casi nunca atinaba. Luego nos convidaba a merendar en la terraza de la cafetería del aeropuerto, bajo la antigua torre de control, y veíamos despegar o aterrizar modernos aviones comerciales de “propulsión a chorro”, así se llamaba aún a los reactores, como los norteamericanos Boeing 707, 727 y McDonnell Douglas DC8 de la TWA y la Pan Am, los peligrosos Caravelle de Air France, modelos que asimismo nutrían, algunos, la flota de Iberia; o el británico Havilland Comet 4 de la BOAC y la BEA, junto a los que todavía impulsaban motores de hélice: algún DC7 pasado de moda, los más recientes Fokker 27 y otros que ya no recuerdo ni identifico. Aquel aeropuerto hoy nos parecería un coqueto apeadero de aviones en mitad de una vaguada.   

La verdad es que yo sólo les acompañaba al Bernabeú cuando jugaban el Madrid y el Barcelona por si había goleada, es claro: del Madrid, para luego mortificar a mi hermano como pequeña venganza. Sobre todo si había testigos, como era el caso, pues todos los domingos el tío Hugo almorzaba en familia con nosotros. Hacía una tarde soleada pese a la estación, y algo fresca, eso sí, unos trece grados al descubierto, pues en nuestra infancia el otoño era otoño y el invierno, invierno, ya saben: viento, lluvia, frío… y sabañones.

Horas antes de que el árbitro, el navarro Zariquiegui Izco, pitara el comienzo del partido, desde la terraza principal de nuestro piso, que asomaba al estadio, ya se avistaban columnas de hinchas, pocas mujeres, bastantes niños y jóvenes, los hombres con botas de vino, algunos sombreros de ala y muchas boinas; todos acarreando bocadillos envueltos en papel de estraza o viejos periódicos en los bolsos de sus abrigos, al tiempo que agitaban bufandas, en su mayoría merengues, pero también azulgranas, respetándose, todavía, unas peñas a otras, aunque se retaran con himnos y estribillos, pues guardaban cierta distancia como civilizada tierra de nadie, mientras descendían con gran alboroto por General Perón hacia la Plaza de Lima, desde Juan de Olías, cuello de botella que conectaba con el metro por la estación de Estrecho en la vecina Bravo Murillo. A medida que la hora se acercaba, oleadas de motos, coches y más motos y coches aparcaban donde podían y aún se apeaba más público de los tranvías y autobuses de las líneas 74 y 27, respectivamente, los cuales transitaban repletos de gente a lo largo de la Avenida del Generalísimo y sus playas laterales.

Hoy hay que recordarlo, sobre todo, porque han cambiado las tornas: el Barça no atravesaba una buena racha en la Liga por aquellos tiempos. El año anterior había quedado sexto y el Madrid ahora corría a encadenar la quinta victoria con esta temporada y aspiraba, aunque eso no se cumpliría hasta 1966 frente al Partizan de Belgrado, a la sexta Copa de Europa, pues ya la había alzado cinco veces consecutivas entre 1956 y 1960, siendo subcampeón los años 1962 y 1964.

Este 8 de noviembre, cuando iba a disputarse la novena jornada de Primera División, el Barcelona ocupaba un discreto séptimo puesto de la clasificación general con ocho puntos. Por su parte, los merengues se situaban en el tercero de la tabla a sólo tres del líder: un potente Atlético de Madrid, cuando los colchoneros aún jugaban en el Metropolitano, presididos por don Vicente Calderón, estadio situado cerca de Reina Vitoria, en la actual Plaza de la Ciudad de Viena, entre las calles Beatriz de Bobadilla, Santiago Rusiñol y la Avenida de Juan XXIII, antes de inaugurarse en 1966 el campo del Manzanares.  

Aquel domingo no jugaba Alfredo Di Stéfano, ésta sería su última temporada en la escuadra blanca, pues concluiría su carrera en el Club Deportivo Español dos años después. El Bernabéu aguarda al 7 de junio de 1967 para tributarle un partido homenaje frente al Celtic de Glasgow. El templo en pie le dedicará una ovación conmovedora, interminable, cuando se desprenda, justo en el minuto trece del partido, del brazalete de capitán del equipo y lo entregue a quien será su sucesor: Ramón Moreno Grosso.

En fin, ahora saltaban al terreno de juego, cuyo césped estaba en muy buenas condiciones porque aquella semana la lluvia había descansado, Betancor, Miera, Santamaría, Pachín, Müller, Zoco, Serena, Amancio, Grosso, Martínez y Gento, por los anfitriones; y Sadurní, Benitez, Olivella, Gracia, Vergés, Torrent, Pereda, Rifé, Re, Fusté y Seminario, por los visitantes.  Cerca de ochenta y cinco mil espectadores ocupaban las gradas, los más de pie, una buena entrada, no apoteósica, si se piensa que allí podían concentrase hasta ciento veinticinco cinco mil –mayor aforo tras el Estadio de Wembley– pues clareaba el segundo anfiteatro del fondo Norte. Mi padre había conseguido unas estupendas localidades junto a la tribuna presidencial, cerca de una salida y casi a ras de calle, aunque eran bastante caras, pero se estiraba de lo lindo cuando yo les acompañaba, porque tenía pánico a que me ocurriera algo si se producía alguna avalancha en los vomitorios al evacuarse el estadio. Cuando de mí se trataba, siempre, siempre tenía alguna razón para tener miedo de cualquier cosa. No lo podía remediar y a mí eso me alteraba los nervios.

  El árbitro lidió fácilmente con las fieras, porque fue un encuentro noble, demasiado blando para el gusto de los más aficionados y de los críticos, como el gran Gilera padre, cronista de ABC, siempre ávidos de emociones al límite. La defensa culé se dedicó a provocar numerosos fuera de juego y hasta en cinco ocasiones alzaron el banderín los linieres, pues pugnó en línea de corrimiento para descolocar a los delanteros y mediocampistas merengues. A pesar de esas tretas, durante el primer tiempo el dominio madridista fue indiscutible y rentable. Una combinación rápida y en corto entre Grosso y Amancio Amaro Varela, justo por el centro, que este último remató con un potente trallazo –el guardameta Salvador Sadurní apenas pudo desviar unos centímetros la fatal trayectoria del esférico– se cobró el primer tanto a los dieciséis minutos del partido. Mi padre, el tío Hugo y yo saltamos movidos por el mismo resorte que la hinchada madridista, gritando:

–¡Gol! ¡Gool! ¡Goool! –uno tras otro.     

A mi hermano se le torció el gesto, pero no perdió la esperanza, ni siquiera cuando otra velocísima y profunda incursión del portentoso delantero coruñés, que ni un fuerte agarrón del zaguero Martín Vergés pudo atajar, batió de nuevo al portero azulgrana, exactamente un cuarto de hora más tarde, aunque Sadurní hubiera salido de puerta para cubrir el espacio, intentando así evitar, con gran arrojo, que Amancio coronara otro disparo sibilino que casi engaña a la red:     
  
–¡Goooooool! –rugió la marabunta.

Fue una jugada extraordinaria. Nos intercambiamos algunas sonrisitas y miradas de cachondeo, mientras Richard se mordía las uñas, molesto y humillado, aunque no perdía la esperanza: todavía restaba un largo segundo tiempo.

Acudimos al bar durante el descanso. Allí mi padre y el tío Hugo se encontraron con unos viejos conocidos muy apreciados: el actor Armando Comas, acompañado de su  elegante esposa, Magdalena Martín; el compositor, arreglista y director orquestal Aurelio de Alcaraz, autor de grandes hits populares y estrella de la televisión española; y  Venancio Parra y Tagores, personaje harto conocido en medios artísticos, de quien nadie sabía si también era abogado, como él aseguraba, si vivía de enviar crónicas deportivas y del mundo del espectáculo a los diarios hispanoamericanos; o si lo hacía gracias a algunos servicios especiales que le prestaba al gran productor y distribuidor español de la época Cesáreo González. No tuvieron tiempo de intercambiar muchas frases, se saludaron cordialmente, hicieron algún comentario sobre el emocionante partido, pero antes de volver a sus localidades, Malena –así la llamaban todos–  les invitó a jugar aquella misma noche una liviana partida de póquer en su casa.

Volvimos a nuestros asientos. La presión madridista se relajó ya desde el comienzo del segundo tiempo, sin grandes jugadas de alcance, algo que advirtieron los siempre aviesos culés, quienes recuperaron algo de ritmo, empuje y coraje. Entonces, se produjo un saque de córner, que sirve el burgalés Chus Pereda, y el delantero paraguayo Cayetano Re, que este año iba a consagrarse con el trofeo Pichichi, aprovecha ese balón volante en un claro despiste de la defensa blanca, remata y le cuela la pelota al canario Antonio Betancor en el minuto veintiuno. Ahora sí, mi hermano brinca sobre su almohadilla y ya de pie sobre ella, todo lo largo que es, alza los brazos, cierra los puños y vocea a todo pulmón:

­–¡Gol! ¡Gool! ¡Goooool! ­–casi a solas.

Todos a nuestro alrededor lo miraron, podría pasar cualquier cosa, mi padre le tira del chaquetón, él vuelve a sentarse y se comporta. En fin, la esperanza será lo último que pierda. Pero los merengues reaccionan, sólo ocho minutos después un centro en diagonal y por alto del alemán Gerd Müller, que Amancio conecta de cabeza con impulso y cambio de trayectoria, entra de lleno por el arco de Sadurní. Ahora sí:

  ­–¡Gooooooool! ­–por el tercero de su gran delantero.

El Barcelona saca de centro, alicorto y abatido enseguida pierde la pelota y el Madrid –al que todo le sabe a poco, pues lleva años intratable– contraataca sin piedad ni oposición, para que el gato Fernando Serena sentencie, sólo dos minutos más tarde, un partido de goleada: cuatro a uno.

Retumba el estadio.

A partir de ese momento, el Barça ya no se repondrá. Cuando Zariquiegui Izco señaló el final del encuentro, el Bernabéu despedirá a su equipo, ahora en segunda posición de la Liga y a un punto del Atleti, vitoreando a Amancio, héroe de la jornada por sus tres goles rotundos como tres soles. Aunque, y todo hay que decirlo, aquella temporada también se saldó con otra goleada igualmente sonora. El Benfica de la Pantera de Mozambique, Eusébio da Silva Ferreira, no menos intratable, le endosó al Madrid cinco a uno en los cuartos de final de la Copa de Europa. Blanda le sea.
        
Para mí, que por entonces sólo contaba ocho años, ciento cincuenta y cinco días y once horas, por ser algo más de las siete de la tarde, la fiesta aún no había acabado. ¿Quién no recuerda con alegre gravedad la vuelta a casa, haciendo escala en algún bar de Marceliano Santamaría para compartir con los mayores este rito viril, que lo es de iniciación, pues te permitían tomar una caña o un botellín de cerveza, escuchar chistes verdes, decir alguna palabrota –no muy malsonante, claro– mientras se comentaban los mejores lances del partido… algo impensable en nuestras mesas?

(...)

miércoles, 1 de mayo de 2013

Silencio lo demás - Amelita Vargas


Investigando he encontrado este vídeo de la película La secta del trébol (1947), protagonizada por Pedro López Lagar, Santiago Gómez Cou y Amelita Vargas. Mi padre escribió el guión y fue ayudante de Mario Soffici, su director. Después del rodaje se casó con la cantante en el balneario de Mar del Plata y, aunque el matrimonio duró muy poco, pudo ser mi madre. Aquella boda sonada entre la gran rumbera y el escritor de cine fue celebrada en las revistas de la época, como Radiolandia. Enorme artista cubana, Amelita Vargas ha pasado a la historia como la Reina del Mambo. Vive y es muy querida.

jueves, 11 de abril de 2013

Baraja de castigo - Capítulo III



Buenos Aires, otoño de 1985

Tres meses después de aquella vertiginosa e impertinente irrupción del pasado, ya superadas las fiestas navideñas y el agobiante e insufrible ferragosto porteño, un viejo actor que había trabajado en Apenas un delincuente (1949) le dio a mi padre una pista veraz sobre el tío Hugo:

–Creo que se hospeda en la Casa del Teatro.

Telefoneó.

–Sí, estuvo aquí, pero ya regresó a su casa–, respondieron.
–¿Dónde vive?
–En una isla del Tigre, con su sobrino.
–¡Hay centenares de islas en el Tigre…! ¿Cómo está?
–El viernes nos visita. Llame a esta hora y lo encontrará.

Al borde de los años 50, el cineasta joven más brillante de Argentina era él, el único que había puesto un pie en Los Ángeles y podía acariciar semejante sueño: ¡Hollywood!

Debió ser en 1937 o 1938 cuando los estudios Columbia Pictures le contrataron como asesor técnico de Way of a Gaucho, un proyecto de película “exótica” que, como otros de temática hispana, buscaba una mayor expansión de la compañía en Iberoamérica. No se llegó a realizar y nada tiene que ver con la cinta homónima que dirigió Jacques Tourneur, protagonizada por Gene Tierney y Rory Calhoun, y que se estrenó en 1952. El tío Hugo había plantado sus estudios de Economía en la Universidad de Columbia y probaba fortuna en Los Ángeles.

Por entonces, la industria norteamericana debía elegir entre Argentina o México para asegurarse todos los mercados continentales –(distribuyendo e, incluso, produciendo películas en español, o propias; reclutando directores y actores de esas naciones para el estrellato: primero lo fue Dolores del Río, mucho antes; ya luego María Félix y Arturo de Córdova, éste sin éxito; y el mismo Fregonese, unos años más tarde de ganarse la guerra, único cineasta argentino)– cuando llegara el día en que EE.UU se viera obligado a combatir contra Japón, Alemania e Italia.

Entonces, su máquina cinematográfica se volcará en el esfuerzo bélico, adonde también se destinaría gran parte de la celulosa, materia prima de bombas, pertrechos, papel… y celuloide. Los grandes estudios realizaron filmes muy familiares, comedias, melodramas, thrillers, musicales, westerns o hazañas bélicas, siempre con propaganda y bajo el Código Hays, cine para el consumo interno y el de los aliados anglófonos: Gran Bretaña, Canadá, Australia o Nueva Zelanda, pues había que motivar a la zarandeada población civil.

Tampoco podía desatenderse el suculento mercado hispano, neutral o no beligerante, cuyos públicos simpatizaban con la causa aliada, fueran cuales fuesen sus gobiernos, pues no la Francesa, sino la Revolución Americana alentó el corazón de sus proyectos de Independencia. Públicos cuyos sueños y deseos escapaban a las circunstancias de la gran guerra, tan próxima y tan lejana, allá en Asia y en Europa. Sueños y deseos que debían ser alimentados para garantizar la hegemonía hollywoodense.

México finalmente se llevó el gato al agua, y envuelto en doble saco: por haber declarado la guerra al Eje tras el hundimiento de unos mercantes y porque Argentina, si bien era neutral, estaba gobernada por militares de sintonía ítalo-germana, no por el sector anglófilo, y se había arrinconado a los civiles demócratas.

–¡Siempre lo mismo desde la defenestración de don Hipólito Yrigoyen: primero halcones o palomas, luego colorados y azules…! ¿Sabés?, Perón aprendió todas sus tretas cuando fue agregado militar en la embajada argentina de Roma. Copió la vía de acceso al poder de Mussolini, un tránsfuga socialista: populismo, demagogia obrerista, nacionalismo extremo bajo la especie cesarista: Perón, Perón, ¡qué grande sos! Mi general, ¡cuánto valés!... y sindicatos únicos; eso sí, aliando a grandes empresarios que serán monopolistas–, me explicaba mi padre aquel laberinto histórico inútilmente.

  Otro día el tío Hugo me contó que había aprendido inglés –cuando llegó a Nueva York, en 1935, no lo hablaba– encerrado en las salas de cine de sesión continua, donde veía las películas una y otra vez hasta que nada, absolutamente nada, se le escapaba:

–No hay mejor sistema para estudiar idiomas y para aprender a filmar–, me aconsejó, los dos en la terraza frente a la playa y su isla, balcón mediterráneo, aunque fuera un consejo mitad inútil, pues en aquella España un niño sólo podía escuchar cine doblado.

Hablaba un inglés coloquial riquísimo, algo asombroso en un extranjero, y como si nada: él pensaba en versión original y no escogía las palabras, pues le fluían así, sin más. El inglés era una obsesión de mi padre, quien hablaba un italiano correcto y bastante francés, pero sólo chapurreaba el inglés, aunque lo leía con dominio, eso sí, ya que era tenaz en el estudio. Mi hermano lo manejaba con la soltura de quien se ha formado con él desde niño, primero en un kindergarten de Belgrano y luego, en el Colegio Americano de México. Yo nunca logré dominarlo, justamente, por no haberlo tenido que usar de continuo en la escuela, pues en mi época sólo eran bilingües en Madrid el Instituto Británico, los liceos Francés e Italiano o el Colegio Alemán, cada cual en sus idiomas, y no de fácil acceso. Y ello, pese a la tortura de tener en casa clases particulares a diario, aunque la maestra fuera una adorable estudiante irlandesa, llamada Fiona, siempre pálida, muy pecosa y rubia rojiza, a quien le hice la vida poco llevadera.  

En fin, el joven Fregonese regresó un par de años después a Argentina. Tras realizar algún documental, comenzó su carrera en la industria asistiendo como primer ayudante a Lucas Demare, director culto y refinado, hombre de vena social, opositor al Régimen y fiel a la Unión Cívica Radical, a quien también le gustaban la épica y la acción. Así colaboró en el nacimiento de Artistas Argentinos Asociados, productora en la senda de United Artists, una cooperativa de directores, escritores y artistas cuyo proyecto inaugural iba a ser La guerra gaucha (1942), adaptación del relato de Leopoldo Lugones realizada por Homero Manzi y Ulises Petit de Murat. Obra maestra de la Edad de Oro del cine argentino cuyo rodaje hubo de ser pospuesto cuando Elías Alippi, uno de sus protagonistas y promotores, enfermó y murió de cáncer aquel año. Optaron por filmar, entretanto, El tío Hucha (1942), a partir de una pieza teatral de Carlos Damel y Camilo Darthés, guión escrito a toda marcha por Manzi y Petit de Murat, película menor, también protagonizada por los primeros actores Enrique Muiño y Francisco Petrone, acompañados de Ángel Magaña.

Ya en 1945 codirigía con Demare Pampa bárbara, drama y western de frontera, también escrito por Manzi y Petit de Murat, película de indios y soldados en la que pueden distinguirse la mano y las virtudes de los dos directores, que combinan una dramaturgia a la vez elegante y vitalista con un relato épico de corte trágico; filme en el que actuaron Petrone, Muiño como Narrador, y la seductora Luisa Vehil. Mucho más próxima al cine norteamericano que su antecedente, y menos literaria o retórica, Pampa bárbara no sólo cosechó un enorme éxito de taquilla sino que ha sobrevivido mejor al paso del tiempo –mucho mejor, incluso, que Savage Pampas (1966), fallido remake que Fregonese aún filmaría en España, producido por Jaime Prades para el ya periclitado Samuel Bronston, y que protagonizaron Robert Taylor (un Armand Duval muy cincuentón, penúltima película del galán de Greta Garbo e Ivanhoe); los televisivos Ron Rendall, Marc Lawrence, Ty Hardin; y nuestras amigas Rosenda Monteros y Laura Granados, entre otros artistas, como Julio Peña, Ángel del Pozo o José Nieto, con una vibrante música-fusión de Waldo de los Ríos… entre Maurice Jarre y Ennio Morricone: Lawrence de Arabia o La muerte tenía un precio en el aire. Tal pastiche fracasó. Era imposible un chimichurri-western, pues la pasta la amasaban y la cocían los italianos.
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Nunca supe exactamente cuándo y cómo se conocieron, tan sólo sé que sus vidas profesionales coincidieron cuatro años después. Para entonces, mi padre había desarrollado una meteórica carrera como argumentista, adaptador y guionista: 24 horas de la vida de una mujer (1944), La amarga verdad (1945) y Cuando en el cielo pasen lista (1945) para Carlos Borcosque. Allá en el setenta y tantos (1945) para Francisco Múgica. El pecado de Julia (1946), Celos (1946), La secta del trébol (1947) y La gata (1947) para Mario Soffici. Así como Dios se lo pague (1948) para Luis César Amadori, primera cinta argentina nominada al Oscar a la mejor película extranjera y que estuvo protagonizada por Zully Moreno, gran actriz y esposa del director, junto con Arturo de Córdova, quien recobraría la estrella de galán indiscutible del cine latino tras su desastroso aterrizaje en Hollywood. Un exaltado melodrama romántico que ha envejecido tanto como éxito obtuvo al estrenarse en España e Iberoamérica.

Después de filmar Donde mueren las palabras (1946), su opera prima en solitario, suerte de musical donde demostró una gran pericia técnica, el tío Hugo había vuelto fugazmente a Los Ángeles. Allí conoció a Faith Domergue, por entonces estrella de la RKO, con la que se casaría y tendría dos hijos: Diana Maria, nacida en Buenos Aires por enero de 1949; y John Anthony, dos años después, ya en Los Ángeles, a quien James Mason apadrinó.

Todo un carácter, como Katharine Hebpurn, fue la única actriz capaz de enfrentarse a Howard Hugues, oficialmente su prometido, a quien plantó en 1943 cuando supo que Lana Turner, Ava Gardner y Rita Hayworth lo frecuentaban, quizá entre otras… Como ella, fue leal consejera y mantuvo la amistad y su apoyo, aunque los avatares de Vendetta (1950) y Duelo en Silver Creek (1952), producciones de Hugues en las que encabezó reparto, terminaron por hartarla. Háganse idea: el rodaje de la primera –una adaptación de la novela Columba de Próspero Merimée– comenzó en 1946 y se prolongó casi dos años, pues “el Aviador” ponía, aleccionaba y sentenciaba directores, hasta cinco desfilaron con mayor o menor responsabilidad, aunque la firmó Mel Ferrer en solitario –quién sabe si de ahí le vino su fama de gafe prodigioso al cenizo, pero siempre envidiado futuro marido de Audrey Hepburn.

Aunque era película con un elenco sin oropeles de marquesina –la acompañaban George Dolenz, Donald Bulka y Joseph Calleja, hoy actores olvidados–, su presupuesto se disparó a cuatro millones de dólares, cifra estratosférica, y fue un rotundo fracaso de taquilla y público. A partir de entonces, su glamurosa carrera empezó a declinar. Había roto lazos con los grandes estudios y pasó de compartir cartel, por encima de Maureen O’Sullivan, con Robert Mitchum y Claude Rains en Donde habita el peligro (1950), a películas de vaqueros, de terror y ciencia ficción con galanes y presupuestos de tercera fila. Muy pronto la acogieron series clásicas de la televisión como “Cheyenne”, “Bronco Bill”,  “Perry Mason” o “Bonanza”.

En 1958 se divorció amistosamente del tío Hugo, aunque alegó crueldad mental para hacer el trámite con rapidez; y después emigró a Roma, donde tuvo alguna presencia en el cine italiano de los años sesenta y setenta. Residió algún tiempo en Ginebra, tuvo casa en Marbella, y escribió My life with Howard Hugues, sabroso memorial que publicó en 1972, antes de que el excéntrico magnate muriera en Houston tras años de reclusión en el paradisiaco hotel mexicano Acapulco Princess.

Cuando también falleció Paolo Cossa, su tercer y último marido, con quien vivió feliz casi treinta años, Faith Domergue –a quien la Warner y la agencia de Zeppo Marx habían descubierto en un instituto y bautizado como Faith Dorn para la pantalla, recuperando su apellido verdadero en la RKO– regresó a California para transcurrir en Santa Bárbara los últimos años de su existencia, más cerca de sus hijos, hasta decirles adiós el 4 de abril de 1999.

En fin, Diana María Fregonese nació en Buenos Aires entre los rodajes de De hombre a hombre, película algo impostada que no funcionó en taquilla, y Apenas un delincuente, las dos estrenadas en 1949; eso creo, pues su madre aparece en alguna secuencia de la segunda, quizás una bailarina, quizá perdiendo en la ruleta, no lo sé, tampoco consta en los títulos de crédito, aunque su presencia en la filmación causó revuelo entre los fans porteños, que la adoraban… Pues bien, a lo que íbamos: seguramente fue el crítico y escritor Israel Chas de Cruz, buen amigo, judío culto que tenía gran fe en mi padre y que firmaba el argumento junto con Fregonese, el que los acercó. Congeniaron fácilmente y no sólo realizó la adaptación final y el encuadre, o guión de rodaje, sino que además dio un vuelco al montaje de esta cinta memorable que le franquearía, por fin, las puertas de Hollywood a quien será su amigo más verdadero.

Quizá se trate de la mejor muestra de cine negro hispanoamericano de su época, un tiempo en el que las cámaras pisaban la calle sólo cuando resultaba imposible rodar una escena en estudio (aunque fuera de calle). Relata la agitada historia de José Morán, empleado de una inmobiliaria o una financiera, poco importa, tipo pretencioso, jugador y mujeriego, que sueña una vida regalada, mientras cobra alquileres y repasa libros de cuentas.

Morán, a quien encarna un arrogante Jorge Salcedo, abrumado por las deudas con su prestamista planea y comete un fraude porque éste, a diferencia del robo, sólo se pagaba con seis años de cárcel, fuera cual fuese la cantidad distraída: la Justicia, cuestión de clases, ha primado siempre a los delincuentes de cuello y puño blancos sobre los pelanas. Un buen negocio, quinientos mil pesos, o ciento sesenta y seis años de esfuerzo a 250 pesos por mes; pues sí, cómo no, mejor ahorrarse ciento sesenta de esos años y dejarlo sólo en seis a la sombra… Sin haber previsto que el problema iba a surgir precisamente ahí: en la sombra, donde inquietudes e intereses ingobernables, azuzados por el taimado Rossatto (Sebastián Chiola), un convicto sin escrúpulos, capitán de otros reclusos, lo empujan a la fuga mientras el alcaide y el fiscal vigilan y aguardan tan trágico error, pues le costará la vida. Pero nunca en la familia huérfana: una madre viuda y esforzada (Josefa Goldar), el hermano cumplidor y leal (Tito Alonso) y la novia decente (Linda Lorena), a los que su fechoría había convertido en proscritos, en gente señalada por su deshonra.

Fregonese mostró la trepidante urbe cosmopolita, capital modernísima, como no había sido rodada antes de día ni de noche; y sus calles, el cabaré, los arrabales, el Hipódromo de Palermo, el Casino de Mar del Plata o un cementerio de barcos en el Riachuelo aportan ese tono documental –tan propio del cine negro estadounidense– que hace verosímil una imprenta en la cárcel, una imprenta que imprimía diarios en un país enjaulado. 

Regresemos a 1985.

Aunque iba corto de tiempo, mi padre detuvo al taxista a mitad de ruta, le pagó lo que hubiera costado el trayecto completo para que el hombrecillo, que parecía fastidiado, no renegara en lunfardo, y se apeó en la plazoleta de Enrique Udaondo, junto al Parque Vicente López, muy cerca ya de Santa Fe. La tarde era soleada y cálida, como habría de ser aquel otoño, y ahora las sirenas anunciaban, a lo lejos, la segunda hora bruja de Buenos Aires, cuando bandadas de colegiales abandonan las aulas y alborotan, rumbo a casa, por parques y bulevares.

Ya era viernes, fin de semana.

Mientras caminaba, se distrajo con ese animado bullicio que le contagiaba algo de su gozo por vivir. Los más niños se correteaban unos a otros, algunos en patinetas, otros en patinetes, cargados con sus mochilas y carteras, entre gritos y risas. Los ya adolescentes revoloteaban, alborozados, ellos tras ellas y todos de uniforme: chaqueta con escudo y corbata, falditas plisadas y escocesas, algunos con gorra, muy británicos y algo picados de acné. Los más mayores se demoraban un buen rato en el parque o, si les alcanzaba la paga, merendaban un capuchino o refrescos y batidos con torta o alfajores de dulce de leche en alguna confitería, empezando a noviar con las chinitas.

Hora bruja porque las mujeres porteñas, ya desde muchachas, tienen fama de ser las más bellas del mundo, como las de Londres o Tel-Aviv, y por la misma razón: esa mezcla casi universal de procedencias, razas y culturas… –se dijo a sí mismo, tan convencido como nos lo decía a mi hermano y a mí cuando evocaba Buenos Aires desde el exilio.

De pronto, cesó en el ensueño: había llegado a la Casa del Teatro.

Pues le había proyectado su palacete en la calle Agüero, la gran soprano ligera Regina Pacini de Alvear –nacida en Lisboa, hija de barítono italiano, madre española y luego primera dama de Argentina– encargó a su arquitecto, Alejandro Virasoro, que diseñara gratis y supervisara la construcción de este espléndido edificio art decó de diez pisos sobre unos terrenos municipales en el corazón de Retiro: avenida Santa Fe al 1200, cuya cesión ella también había conseguido. Un teatro: el Regina, y un pequeño museo que alberga sus recuerdos más preciados –los de sus noches de gloria en los grandes escenarios de la ópera y el bel canto, y que ella donó al morir– así lo celebran aún a día de hoy.

Preguntó al conserje si ya había vuelto el tío Hugo del Tigre.

­­–Va y viene, señor, ya le dije que hoy tocaba. Suba, yo mismo les avisé y lo esperan.

Le obsequió una buena propina y cogió el ascensor hasta la séptima planta. Tuvo una sensación fronteriza entre el vértigo y el miedo, una vaga inquietud teñida de culpa: habían pasado quince años desde que se despidieran en Madrid –por Pascua de 1970– sin haberse vuelto a encontrar, ni haber tenido noticias desde entonces, pues nunca se escribían, más bien esperaban que un día sonara el teléfono o el timbre de la casa y se apareciera uno –o llamase el otro– para retomar el hilo de aquella conversación interrumpida por accidente.

Avanzó por el corredor, algunas puertas se entreabrían y, a su paso, sombras se asomaban, siluetas y ojos ancianos. Aquel era un asilo de figuras que antaño brillaron en la escena y otras artes: la música, el cine, la moda, la televisión, y que entonces se envidiaban, admiraban y odiaban por la fama, quizá, a partes iguales; y que hoy, devoradas por la ausencia de aplausos, ya fantasmas sin platea, eran solidarias en el olvido: tanto montan pobreza y soledad ocultas tras estas bambalinas.

Lucho, un sobrino de mediana edad que cuidaba de él, salió a recibirlo al pasillo. Luego, entraron en la habitación y todas las puertas volvieron a cerrarse.

Allí, sentado en un sillón orejero, un encorvado montón de piel y huesos casi irreconocible sujetaba, con manos temblorosas, un roído bastón entre las rodillas. Eso era cuanto quedaba de su viejo amigo: el anuncio de un cadáver en el que el aire entraba y escapaba a pesar suyo, los ojos muy abiertos, forzando la mirada para escudriñar al  intruso.

Mi padre, que intentaba sobreponerse a la primera impresión, aún estaba confuso y largó una pregunta boba:

–¿Te acordás de mí…? Soy yo…, ¿cómo estás?
–Ya lo ves, agonizando… Pero sí, ¡te reconocí!

Y se echaron a reír. Buena señal, pues su amistad siempre se había acompañado de un sinfín de bromas, albures y puyas, antes alegres, a veces pesadas, ahora teñidas de humor negro, aunque, para decir verdad, el pobre tío Hugo más que reír, arrugaba la cara.

Enseguida, Lucho y Arturo Ríos –un guionista y escritor que lo visitaba con frecuencia– salieron al pasillo en busca de aire, porque en la habitación no alcanzaba para todos. Ni entraba luz, pues no había ventana. Ambiente sombrío, el tubo fluorescente a veces parpadeaba desde el techo sobre la pared, gris perla, hace tiempo pintada al gotelé, sin crucifijo ni tallita de la Virgen, a Dios gracias. El placar, de madera humilde. Una mesa camilla con dos sillas. Sobre el estrecho camastro de muelles sin cabecera, la colcha, muy sobada; encima de la mesita de noche, un despertador de campana, las gafas de cerca, botes con pastillas para el corazón, el hígado y los sueños, una jarrita de agua y el vaso de duralex.

Intentaron conversar. Al tío Hugo las frases se le enredaban, murmullos deshilachándose entre los labios y la lengua:

–Gracias a mi sobrino, que si no… También él es pobre, pero no tanto… ­–guardó silencio, respiró hondo y suspiró con tristeza–: Ayudame, querido, se me durmieron las piernas… y tengo que dar unos pasos.

No intentó levantarse, él sólo no hubiese podido: esperó a que su amigo lo irguiera sobre los pies. Apenas si pesaba y la ropa le sobraba por todos lados. Siempre sostenido, caminó un poco, muy inseguro, luego se detuvo y sacudiendo la cabeza con rencor, murmuró entre dientes, alzando el bastón:

–¡Fueron unos hijos de puta!

Mi padre no ignoraba a quiénes iba dirigido el insulto, pero esquivó la conversación e intentó distraerlo:

–Tenés que ponerte bien y pronto. Comeremos una buena tira de asado, una chorizada…
–Ya ni eso, ni siquiera tengo hambre.

Pausa.

–¿Nunca dijiste la verdad?– insistió en el tema.
–Dejá de lado lo triste y pensemos en cosas que alegren.
–Claro… Ya se despertaron –dijo por las piernas– y puedo sentarme.

Lo acercó, dejó que se deslizara resbalando torpemente entre sus manos, y ahí quedó otra vez: desarbolado en el sillón, el blancor de los huesos transparentado por la piel.

–Debimos gritarles la verdad– susurró, entrecortado.
–¡Hugo, de saber que ibas a darle manija al asunto, no hubiera venido! Cuando te pongas bien, hablaremos.
–¿Cuándo me ponga bien? No seas boludo, ¡me queda poca cuerda! –Contrajo el rostro, tomó aliento–: Fuimos dos ¡bo-lu-dos!
 –¡Y dale! Ya nadie se acuerda.
–Yo sí. Es como una espina. ¡Jode y jode! Y no me la puedo sacar. Ríos me ayuda a ordenar mis memorias, ya terminamos Hollywood, empezamos con Italia y cuando lleguemos a Madrid, lo que no has querido contar vos, lo escribiré yo…

Silencio.

–¡Dijeron que estafamos millones, carajo! –ahora sí, bramó, rabioso.