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domingo, 19 de mayo de 2013

Mario Vargas Llosa: “La novela es un muerto que goza de muy buena salud en España y América Latina”

Tulio H. Demicheli entrevista a Mario Vargas Llosa en la calle
cuando apareció "La Fiesta del Chivo" en marzo de 2000

¡Bingo! Hace trece años ABC anunció desde su portada, tras una divertida conjura para romper todos los candados editoriales, la aparición de La Fiesta del Chivo (Alfaguara), novela de ambición mayor como antes lo fueran Conversación en la catedral o La guerra del fin del mundo y mucho después El sueño del celta, sin desmerecer ello el aliento de La ciudad y los perros, La Casa VerdeLa tía Julia y el escribidor, Pantaleón y las visitadoras y de todos los libros que ha ido entregando a la imprenta hasta ayer mismo.

Trece años después, a la pregunta: “¿Cuál es la mejor novela española del siglo XXI?”, escritores, críticos, profesores y académicos, todos ellos lectores muy respetados, han confesado en una encuesta realizada por ABC que lo fue este relato de una conspiración para abatir a un dictador siniestro. Y que en realidad es un texto inaugural: lo mejor del siglo XXI se publicó el año 2000 pero su parto se había dilatado veinte años… Aquí te cojo y aquí te mato. En Sofía, capital de Bulgaria, por un momentito y gracias al teléfono móvil, capturamos al novelista por los buenos oficios de su esposa, Patricia Llosa. Y él se ríe: “No sabía que tenía tantísimos amigos”.

–Dicen que la novela ha muerto.

–Eso es una tradición tan antigua como la novela misma. A finales del siglo XIX fue un adagio casi temático: Zola, Galdós, hasta los hermanos Goncourt  decían: “Estamos asistiendo a la desaparición de la novela”.  Pero la novela estaba y está muy viva. Tanto que hoy vive un gran florecimiento: hay escritores audaces y de gran diversidad. No soy nada pesimista. Sigue habiendo ilusión. La novela es un muerto que goza de muy buena salud en España y América Latina.

–Todo el mundo habla de crisis y de que la era digital acaba con la lectura reflexiva…

–Pero hay nuevos escritores con audiencias que nunca se han tenido en el pasado. Miren, en medio de una crisis tan seria como la que estamos viviendo, en realidad, la vida cultural no está sufriendo, porque en los momentos de crisis, siempre hay mayor creatividad: la literatura, al igual que las otras artes, es una tabla de salvación y un refugio ante un mundo que nos parece caótico. Hay un malestar difuso que no encuentra cómo expresarse y la literatura lo objetiva. Produce un mudo placer, divierte y, al mismo tiempo, es una crítica radical a lo que subsiste. Por eso las dictaduras han querido siempre controlarla, acallarla con la censura, someterla considerando que es una actividad peligrosa.        

–Así lo fue siempre para usted, que en sus novelas mayores ha comprometido Historia y a veces autobiografía. 

–Efectivamente, todas son novelas que tienen una vinculación con la Historia, lo cual no quiere decir que sean momentos de la Historia novelados, porque en todas, aunque haya una materia prima histórica, probablemente la ficción y la invención sean mucho más importantes que la mera relación histórica. En todas me he tomado muchas licencias y trabajé con la libertad del escritor que escribe ficciones. Ahora bien, pues sí, la materia prima está tomada de la Historia aunque, generalmente, quise respetar los hechos históricos básicos, aun utilizando personajes históricos como si fueran de ficción, y personajes de ficción a los que he atribuido muchos hechos de personajes históricos.

–Y siempre contra la injusticia, como motivo recurrente…

–Desde luego esa es una constante, pero no contra la injusticia, sino contra las injusticias, porque lo son tanto sociales como políticas, culturales, religiosas, individuales… Creo que sí, que además esa es una característica de la literatura en general. La literatura suele dar más un testimonio sobre el sufrimiento que sobre la felicidad humana; y sí creo que la novela española como la iberoamericana siguen esa constante.

–¿Compromiso del escritor con la sociedad en la que vive y a la que exorcisa con sus ficciones?

–Claro, la literatura es un contrapoder y ha demostrado siempre que la realidad está mal hecha, que la realidad no es esa que dicen los poderes establecidos. Y por eso, ella es una especie de contrapunto que tiene que ver muchísimo con aquello que no vivimos y que quisiéramos vivir, que no tenemos y que quisiéramos tener…

–¿No le asusta el fin de época que vivimos, en el que nadie se anima a decir la verdad, a señalar que lo que se avecina nada tiene que ver con lo que fue?

–Sí, quizá nos enfrentamos a un fin de época, como hubo tantos otros a lo largo de la Historia, incluso mucho más dramáticos y sangrientos. Ocurre, también, que se ha confundido ficción con realidad. Pero estamos ante el paisaje de una transición a una sociedad que, para ser, habrá de tener una mayor racionalidad, mayor justicia y equilibrio, y debemos evitar que los errores ya cometidos se vuelvan a repetir. Creo que la literatura da una buena perspectiva para valorar las raíces de la crisis.

–El paradigma nacido tras la segunda guerra mundial, el de una economía social de mercado, eso que llamaron Sociedad del Bienestar, parece estar amenazado por el desplazamiento de la hegemonía económica de las democracias occidentales hacia un capitalismo despótico que emerge de las cenizas del “socialismo real” soviético y chino…

–Sin ninguna duda, pero el viejo comunismo no es alternativa. El comunismo ha sido un fracaso. Cuba y Corea del Norte hoy son dos anacronismos patéticos.

–¿Podemos exportar “democracia” cuando nuestras mejores empresas, deslocalizadas, medran gracias al trabajo esclavo en el Tercer Mundo, y ni siquiera crean riqueza aquí, abandonando a todos al desamparo?

–Tenemos una democracia imperfecta, pero no hay alternativa mejor. Tenemos que reestructurar las instituciones, reforzar la legalidad, la justicia y distribuir mejor la riqueza. Los nostálgicos del fascismo y del comunismo están al margen. Las dictaduras de América Latina no tienen salida. Ni la dictadura senil de los hermanos Castro, más de cincuenta años en el poder. Ni la juvenil dictadura venezolana de Hugo Chávez, porque la mayoría de sus ciudadanos le han vuelto la espalda a su heredero.

Al fondo se escucha a Patricia Llosa: “Mario, nos tenemos que ir”. Y esta breve conversación se acabó. “Gracias a todos”, se despide el novelista. 

jueves, 17 de mayo de 2012

Carlos Fuentes (1928-2012) o el novelista adolescente


Carlos Fuentes falleció el 15 de mayo en la Ciudad de México a los 83 años

Un joven escritor rompió en 1958 los moldes ya petrificados y petrificantes de la Novela de la Revolución equivalente literario del muralismo pictórico con un relato urbano que tomaba su título del entonces patriarca de las letras nacionales, Alfonso Reyes: La región más transparente –título que aludía a una extraña e inaccesible cualidad de la Ciudad de México, pues esta “región más transparente” lo había sido “del aire” y, a finales de esa década, éste empezaba a ser irrespirable. Se llamaba Carlos Fuentes, un mexicano de “otra forma” pues había nacido en Panamá y vivido su infancia entre Buenos Aires, Río de Janeiro, Santiago de Chile, Montevideo y Washington: era hijo de un diplomático y hasta los dieciséis años sólo había pisado el solar patrio durante las vacaciones estivales. Un chico agringado en un país donde el nacionalismo y el populismo constituían, por así decirlo, la religión de un Estado regido por un partido único  –aunque tuviera algunos comparsas y que había logrado la cuadratura del círculo: serlo de la Revolución Institucionalizada.

Mario Vargas Llosa, su esposa Patricia, Carlos Fuentes,
Juan Carlos Onetti, Emir Rodríguez Monegal y Pablo Neruda 
A desentrañar ese enigma o a escarbar en la herida de esa paradoja y de sus supuraciones: la violencia cainita, el autoritarismo paternalista y patrimonialista, la corrupción política, sindical y económica, el clientelismo burocrático, el petropoder y el narcopoder,  aquel joven narrador –tan elegante, culto y cosmopolita–­ dedicará buena parte de su vida creadora. Ya con su tercera obra: La muerte de Artemio Cruz (1962), trascenderá fronteras y se situará a la cabeza del quién sabe si bien llamado boom de la literatura hispanoamericana, junto con sus grandes amigos el colombiano Gabriel García Márquez y el peruano Mario Vargas Llosa (me resisto a incluir temática y generacionalmente al tercer gran nombre de ese momento, Julio Cortázar, pues era coetáneo de Octavio Paz, los dos catorce años mayores que Fuentes, y porque la historia está más bien ausente de su obra).

Julio Cortázar, Fuentes y Luis Buñuel
          El sistema político instaurado por el PRI daba ya muestras de agotamiento por aquel entonces (sus contradicciones estallarán poco después, en 1968, aunque el régimen priista aún se perpetuará hasta el año 2000), pero muy pocas voces se atrevían a sugerir que entraba en lenta agonía. Así lo hizo Fuentes desde sus comienzos literarios (que fueron saludados por Paz, su mentor y amigo, con quien mantendría una contradictoria relación que desembocará en una dolorosa ruptura); y así lo seguirá haciendo hasta el final, para certificar su defunción, en novelas tan recientes como La voluntad y la fortuna (2008) o Adán en Edén (2009), donde aborda sin misericordia las causas morales pendientes y las consecuencias de esa dictadura de partido casi perfecta por su cuidado disfraz democrático, hoy tan visibles y sangrantes, y que aun tuvieron un tercer gran título en su producción novelística: La cabeza de la hidra (1978), ficción que transcurría en el escenario del auge petrolero que condujo a la catástrofe económica del sexenio de López Portillo.

Fuentes, Marie-José y Octavio Paz
(México, Navidad de 1968) 

          ¿Era Fuentes enemigo del PRI? No exactamente. Tras los trágicos incidentes ocurridos en junio de 1971 apoyó al presidente y dijo su célebre “O Echeverría o el fascismo”. Fuentes más bien era enemigo del sistema de partido príncipe, concepto por otra parte muy gramsciano, y buen amigo de figuras como Víctor Flores Olea o Porfirio Muñoz Ledo, próximos a publicaciones como Nexos y La Jornada; y el segundo, parte de la escisión priista que fundó el PRD, partido que agrupó a la izquierda mexicana a partir de 1988-89.    

Pero la obra de Fuentes no sólo muestra ese doloroso conflicto entre el pasado reciente y el presente, sino también otro de los laberintos de la soledad del mexicano contemporáneo: la difícil asunción de la herencia hispánica, que él abordó con radical ironía cervantina en otra de sus novelas mayores: Terra nostra (1975) y aun en Cristóbal nonato (1987), de manera oblicua pero apocalíptica, y también en no pocos de sus brillantes ensayos, género en el que también se prodigó con maestría. Lengua y religión, caudillismo hispano árabe, y cierto quijotismo irredento alimentan la personalidad del México moderno, tan melancólicamente marcado por la pérdida de un mundo arcaico poblado de dioses terribles y liturgias sanguinarias, a los que el mestizaje cultural con Occidente nunca logró enterrar del todo.

Con Gabriel García Márquez, amigo y compañero de aventuras cinematográficas

Fue un escritor caudaloso y desbordante, cuya extensa producción casi limita con la grafomanía, pecado que supo bordear airosamente pues estaba dotado de una poderosa inventiva verbal y narrativa, y porque brilló en la distancia corta del cuento tanto como en la media distancia de la novela breve (ahí esta su prodigiosa Aura de 1962) y del teatro, o en la extenuante maratón de la novela río. 

Sin embargo, su bien merecido éxito literario también debe vincularse a otra característica de su narrativa, que no sólo fue crítica e histórica, sino cinematográfica. Más allá de sus incursiones en el cine (escribió los guiones de El gallo de oro y de Pedro Páramo con García Márquez, a partir de textos de Juan Rulfo; y el de Los caifanes, una película de culto entre los jóvenes de los años 60 y 70 y que significó algo así como el aterrizaje en la anquilosada cinematografía mexicana de la Nouvelle vague francesa y del británico Free cinema). 

Más allá de haber vivido una aventura sentimental con Jean Seberg (la joven musa de Jean Luc Godard en À bout de souffle); más allá de todo esto y de su amistad con Luis Buñuel, puede decirse que Fuentes concebía sus obras como trepidantes películas experimentales, escritas según las reglas del montaje paralelo y sus alternancias temporales, la superposición y contraste de poderosas imágenes, muchas veces irracionales, y los diálogos recogidos aquí y allá, incesantemente, por un guionista que supo escuchar mucho y muy bien, y que además fue un gran conversador.

La semblanza del escritor quedaría incompleta si no añadiéramos, entre otras características, su vena erótica (muy poderosa en toda su obra), la humorística y paródica, pero también su faceta de periodista social y político, entendido aquí el periodismo como la virtud de enfrentarse con ojo crítico a las realidades del presente y a pie de calle, virtud que le mereció la admiración de los jóvenes de varias generaciones, quienes han sido, desde el primero hasta el último de sus días literarios, su público más fiel. 

Bien es verdad que es aquí donde las luces se ven acompañadas de mayores sombras, pues resulta legítimo criticarle su condescendencia con dictaduras mucho más perfectas que la mexicana, utilizando la polémica terminología de Vargas Llosa, como la de Fidel Castro, esta sí pluscuamperfecta y cuasi eterna; o la afortunadamente breve del sandinismo nicaragüense. Entre sus luces periodísticas, Fuentes ha sabido ser crítico de Estados Unidos sin caer en el rampante antiamericanismo del establishment político, literario y artístico mexicano; y también ha sido generoso con las generaciones de escritores más jóvenes, señalando la aparición de nuevos valores que incluso discutían con arrogancia parricida la vigencia de su propia generación. 

El autor de Aura en su juventud
En fin, Carlos Fuentes entró en la cacharrería de la Novela de la Revolución, tan reverenciada e institucional como el partido gobernante en México durante más de 70 años, y lo hizo como un joven elefante a finales de los años cincuenta. Y allí permaneció, escribiendo hasta ayer mismo con furor adolescente, pues esa fue, quizá, su cualidad más definitiva: nunca dejó de inventarse a sí mismo como novelista y de experimentar con la escritura. Nunca se permitió el lujo de apostar por el acierto, ni siquiera cuando, tras una imponente cadena de ensayos, ya sabía por dónde iban los tiros hacia la diana. Ávido de experiencias y emociones literarias nuevas, así quedará entre nosotros: como un novelista siempre adolescente.