domingo, 7 de octubre de 2012

Baraja de castigo - Capítulo I

Mallorca, 1960


Si el lector prefiere, puede considerar este libro como una obra de ficción. Siempre cabe la posibilidad de que un libro de ficción deje caer alguna luz sobre las cosas que antes fueron narradas como hechos.
Ernest Hemingway, París era una fiesta


Madrid, invierno de 1969
Crecí sin raíces. Mi única familia presente la componían mi padre, exiliado de su tierra argentina desde finales de 1952; mi madre, apóstata de la suya desde 1947, que falleció trágica y prematuramente en 1962; y mi hermano, ni francés, ni chileno como su padre, pues compartimos sangre materna; ni español, pues aún prefería ser chileno o francés, para así librarse del servicio militar del Régimen. Yo tampoco era francés, como nuestra madre; ni argentino, ni mexicano siquiera por nacimiento, aunque así me revindicara siendo niño; ni tampoco, realmente, español hasta casi los trece años, ahora, aquel triste invierno de 1969, cuando de verdad supe de la resistencia y la oposición, rebeldía que me dio patria.
Crecí sin raíces ni apenas familia. Mi madre no hablaba nunca de la suya y jamás mantuvo contacto alguno con sus padres, hermanos o primos: mi hermano y yo sólo tuvimos noticia suya tras buscarla a principios de los años 80, veinte después de la tragedia, cuando nos dirigimos por carta a los abonados de nuestro segundo apellido en la guía telefónica de París. De pronto, aparecieron una abuela muy anciana y tíos y primos y sobrinos que preguntaban qué fue de ella y por qué murió tan joven, cuestión de luces y de sombras, un aguafuerte iluminado más por misterios que por certezas. A mi tío paterno lo conocí personalmente a los veintiún años, en 1977, y a mí tía, a los treinta y cinco, como a mis primos y sobrinos lejanos, cuando acompañé, entre otros periodistas, a Rafael Alberti en su retorno al Río de la Plata, allá por 1991. Aunque mis tíos, ellos sí, formaban parte de un memorial transmitido por mi padre, como relato novelado durante las sobremesas de mi infancia y adolescencia; algo natural, si se considera que todo, absolutamente todo, en nuestras vidas era una ficción compuesta de múltiples argumentos.
Algunos parientes postizos compensaron, bien es verdad, aquellas ausencias: el tío Hugo, famoso director argentino que había conquistado Hollywood, donde realizó notables películas con Van Heflin, Cyd Charise, Jack Palance, Shelley Winters, Joseph Cotten, Anthony Quinn, Edward G. Robinson, Barbara Stanwyck, James Mason, Gary Cooper y Joan Fontaine; y el carajito Cáceres, Luis María, persona menuda, distinguida y educadísima, pan de Dios de una timidez personal insuperable en su vida privada, pese a una biografía de señaladas relaciones sociales, pues había sido hombre de confianza de los propietarios de la compañía Bunge & Born, amigo de Rainiero de Mónaco y Grace Kelly, así como de innumerables magnates, y hasta hace muy poco, mano derecha de Jaime Prades, lugarteniente, productor y publicista de Samuel Bronston, cuando en Madrid podías cruzarte, paseando por la Gran Vía, con estrellas consagradas como John Wayne, Rita Hayworth, Alec Guiness, Sofía Loren, David Niven, Ava Gardner, Charlton Heston y Claudia Cardinale; o la promoción emergente, protagonista de los años venideros,  entre quienes ya destacaban, o estaban a punto, los rutilantes Peter O’Toole, Omar Sharif y Clint Eastwood; todos ellos, jóvenes o veteranas figuras cuyo resplandor no empañaba las leyendas de directores como Henry Hathaway, Anthony Mann, Nicholas Ray, David Lean, Sergio Leone y, por encima de todos, Orson Welles, el astro abatido… En aquel Madrid donde la OAS alguna vez atentó impunemente con bombas, y en aquellos tiempos cuando Alicante era un enjambre de pied noirs, lo que enervaba a mi madre al verlos atareados por sus ramblas como abejas conspiradoras, mientras apuraba un dry martini de aperitivo sentada en alguna terraza, y los censuraba con desprecio, pues Argelia debía ser libre. 
Y hubo, también, parientes advenedizos, como el médico de cabecera, Enrique Belasátegui, persona bienintencionada pero frívola, así en lo personal como en su profesión, aunque afectuosa, sobre todo con mi hermano, a quien apadrinó sentimentalmente e hizo padrino de su hijo varón, el benjamín después de tres hermanas. Hombre aficionado a la farándula, venía a tomar el aperitivo o el café después de la comida, o algún whisky con ginger ale al caer la noche. Quién sabe cómo o por qué, todos salíamos inyectados o, en el mejor de los casos, empildorados si aún era de día, pues le gustaba probar –sobre todo en mí– las novedades que le encomendaban los laboratorios, y yo, como es natural, le tenía pavor, escondía las ampollas, me encerraba en mi cuarto y llegué a romper el ventanal de la terraza que daba a mi dormitorio y al de mis padres, porque la tata, una siniestra riojana que se apoderó de nuestra casa al morir mi madre, quiso burlarme, entrar por allí y entregarme.  Y es que don Enrique –jamás lo tuteé, a diferencia de mi hermano y a pesar de la familiaridad de su presencia– era muy expeditivo: nada de dar unas palmaditas en la nalga antes de clavar la aguja, tú de pie, y ya luego, acercar la jeringuilla para vaciarla lentamente, como Dios manda; sino todo a la vez y con un saetazo traicionero e impío, lo que acrecentaba el dolor y los primeros resentimientos.
A mí –hoy quizá sí sé por qué– el doctor Belasátegui no me caía demasiado bien y guardaba las distancias. No en vano había amenazado con azotarme él mismo si mi padre no lo hacía, después de haber encabezado un picnic en horario escolar –novillos o pellas eran palabras ajenas a nuestro vocabulario infantil– con los hermanos Alfonso y Alberto Arias, hijos de un conocido periodista de la época, y con Gustavo Barona, mexicano como yo, todos compañeros del tercer grado de Primaria. Cosas de la edad, creíamos que bastaba con escabullirnos, como espías fugitivos, la espalda pegada a la tapia, bullicio de niños por la calle del Duque de Tamames, un barrizal si llovía, parejo al recoleto estadio del Plus Ultra y al solar en que se hallaban el colegio San Estanislao de Kostka y los viveros Spalla, en Arturo Soria, donde ahora se encuentran el Colegio 111, la Embajada de China y la clínica Nuestra Señora de América, a unos cuantos pasos de los extintos Estudios CEA. En fin, destripamos un gato muerto, celebramos Misa de campaña en una atalaya de aquel extenso descampado que lindaba con el Parque de San Juan Bautista y, cuando nos dimos cuenta de que nos estaban buscando, escapamos, separándonos…
Lloviznaba.  
Los hermanos Arias fueron a coger la línea 70 del tranvía, que discurría por la Ciudad Lineal, jalonada de “hotelitos” muy frescos en verano, pero gélida en invierno, pues allí el termómetro se alivia un par de grados todo el año, hasta la desnuda Cuesta de los Sagrados Corazones; enseguida se despeñaba, bufando por la vertiginosa fricción de ruedas y rieles, y un  tacatá–tacatá–tacatá de fondo, magra campana de aviso que el conductor percutía con un pedalillo; luego sorteaba el colegio Nuestra Señora del Recuerdo que rigen los jesuitas en Chamartín de la Rosa, construido en el solar del palacio de los duques del Infantado-Pastrana, adonde había pernoctado Napoleón en su célere visita a Madrid tras la derrota de Bailén; y de allí, una vez había dejado atrás un despacho de carne de caballo, se adentraba por Mateo Inurria, vaqueros Lois, Ya, Dígame, Logos, laboratorios Wella, hasta concluir su trayecto junto a un kiosco cubierto de la Plaza de Castilla, muy popular y concurrido, sempiterno olor madrileño a gallinejas y asaduras bajo una telaraña de catenarias, eléctricas nodrizas de trolebuses y tranvías, frente al depósito de agua del Canal de Isabel II y al apostólico monumento del protomártir José Calvo Sotelo, San Esteban del franquismo, plaza donde asentaban sus reales ferias veraniegas, circos, mercadillos navideños y el mitológico Teatro Chino de Manolita Chen, muy cerca de donde ellos vivían… Pero los hermanos Arias nunca llegaron hasta aquí, pues allí mismo fueron detenidos mucho antes, cuando compraban un par de chicles bazooka y ocho sacis por dos pesetas en el humilde puestecito que una abuela atendía –palulú, regalices, pastillas de leche de burra, pipas, chisqueros de mecha y pedernal, cromos, picadura, cajetillas y pitillos sueltos, piedras de mechero, cerillas, bolígrafos, algunos tebeos y revistas– de luto perenne junto a la parada del tranvía, los dos hechos presos a las puertas mismas del colegio. Y cantaron, claro que cantaron, como lechones ante el cuchillo, no como ruiseñores.
En cambio, quizá porque éramos más precavidos, Barona y yo nos encaminamos hasta la iglesia cuya veleta, gallo apostado sobre el campanario, visiblemente alicaído o ladeado como si una anónima pedrada le hubiera acertado en la cresta, a veces señalaba hacia una cementera en ruinas, y otras apuntaba hacia la piscina Stella, pequeña joya de la arquitectura madrileña del siglo XX, muy frecuentada durante los años 60 y lugar de citas, según cuentan, de distinguidas meretrices y mantenidas; luego recorrimos la calle López de Hoyos, aún más larga y enrevesada que Alcalá, hasta llegar, un par de horas más tarde, callejeando y preguntando por el Bernabéu, al Museo de Ciencias Naturales, quizá porque el camino se hace más seguro en zigzag, o incluso en espiral, como el único acceso al corazón de las alcazabas moras. Dejábamos mensajes cifrados por el camino, quién sabe para qué o para quién. En dos bares nos dieron de beber. Todos nuestros planes, que nos parecieron infalibles al tramarlos, estaban fracasando. ¿Quién nos iba a echar de menos si en clase éramos treinta? ¿Por qué nos perseguían? Quizá tan sólo deberíamos haber esperado a que llegara la hora de volver a casa y coger nuestro autobús… En fin, desde los Nuevos Ministerios ya se avistaban el Banco de Vizcaya y el cine Gayarre, en chaflán donde nace el Paseo de la Habana; y poco más allá,  se escondía la primera meta, Hermanos Pinzón, calle donde vivía mi amigo con su madre, un hermano mayor, amante de las chupas de cuero, y otro mediano, que era discapacitado –su padre siempre ausente en México y de nuestras confidencias.
No debí subir. Nada más abrirnos la puerta, nos separaron, él enviado a su cuarto y yo recluido en la cocina, desde donde Hortensia Salvadores, la madre de Barona, sin dirigirme una sola palabra ni antes ni después, telefoneó a mi casa. La buena señora estaba desencajada, muchas horas en vilo, eran las siete de la tarde y desde las diez de la mañana, cuando llamaron del colegio tras pasar lista, no se tenía más noticia de nosotros que la confesión de los hermanos Arias, cazados a la hora de la comida, la policía buscando sin éxito a dos niños de ocho años, como infructuosa fue la batida que los alumnos de Bachillerato, tarde libre gracias a nosotros, habían emprendido por los alrededores del colegio. ¡Habíamos dado esquinazo a todos…! Veinte minutos después apareció mi hermano. 
–¡Vamos!
Mi hermano se había sacado el carné de conducir aquella primavera y había venido a buscarme en el Ford Zephyr turquesa, seis cilindros, con el que mi padre sustituyó un vistoso Tiburón Citröen comprado a Jacques Hachuel. Mi hermano estaba furioso, entre otras cosas, porque nuestra hazaña le había fastidiado sus planes para aquella tarde. Mi hermano disfrutaba mucho saliendo a merodear con Oto, su actual mejor amigo, un chico venezolano demasiado avant la lettre, a quien mi padre detestaba porque en él veía a un presunto delincuente juvenil, modelo James Dean entre Rebelde sin causa y Al este del Edén, a su juicio, niño rico y caprichoso cuya familia había abandonado Caracas tras la caída del dictador Marcos Pérez Giménez, quien formó parte, primero, del triunvirato militar que derrocó a Rómulo Gallegos, meses después de que el escritor hubiera ganado las elecciones tras aprobarse la Constitución que otorgó, en 1947, el voto a la mujer; y después, allá por 1952, presidente, tras eliminar a uno de los triunviros, arrinconar al otro, y suspender unas elecciones que no le daban la victoria. Nadie le perdonó nunca a Camilo José Cela que escribiera La catira a petición suya, por un millón de dólares, según cuentan. Sin embargo, a mí Oto me caía bien porque era un golfo, un rubiales con tupé, cazadora de ante claro y flequillo en las mangas y bolsones, botas campiranas y jeans, como entonces aún se llamaba a los vaqueros si eran auténticos.
Había que pensar muy rápido, buscar una escapatoria, huir hacia adelante. Poco antes de salir en mi busca, mi hermano había puesto a mi padre en antecedentes forzándole, con el inestimable apoyo de la riojana, a que adornara un castigo ejemplar y algo cruel: retirarme todos la palabra durante un mes,  para ellos y para el doctor Belasátegui cosa insuficiente, con una sonora tunda. Al llegar al portal, tuve la iluminación, que maduró mientras el ascensor alcanzaba su cima más rápido que de costumbre: sólo el melodrama podría salvarme de quién sabe cuáles, pero horribles consecuencias, no en vano ese era el género preferido de mi padre y el que más éxitos le había dado en taquilla.
–¡Yo, que no he comido en todo el día! –exclamé en plan Scarlette O’Hara, tirando la cartera por los suelos al entrar en casa, nuestra perrita Carina, una caniche más lista que el hambre, atónita.
No sirvió de nada, está claro, incluso empeoró las cosas, pues aquella actuación mía engrosaría ese anecdotario que persigue a todos los niños y que mueve a risa entre los adultos, lo cual se vive con vergüenza incluso avanzada la adolescencia: “¡Ay, tonto, pero qué rico eras!” –apostillaban siempre.
–Tu padre te está esperando en su cuarto –señaló la riojana, impertérrita, el camino del patíbulo.
Por supuesto: mi padre también interpretó aquella tarde su papel, él con notable desgana, algo que siempre le he agradecido, pues sólo fingió ponerme la mano encima, cuatro o cinco azotainas, por huecas, muy sonoras. Aquel hombre era absolutamente incapaz de pegar a un niño o a una mujer, por mucho que fuera bravo si peleaba, artes aprendidas en el ring o en aquellos cañaverales de su juventud tucumana atestados de bandidos y buscavidas. En realidad, cuando él se enfadaba, demostraba su enojo con el silencio y la distancia, armas mucho más eficaces pero incruentas.
Al día siguiente se nos formó un consejo sumarísimo en el colegio, pero antes fuimos expuestos, cara a la pared, al público escrutinio en un largo pasillo que concluía, flanqueado por las aulas de Bachillerato, en el despacho del director, Felipe Segovia. Recuerdo que nuestra hazaña causó admiración entre los alumnos, incluso los más mayores; y estupor entre los profesores, ya que no se explicaban cómo unos críos tan pequeños hubieran cometido un típico delito adolescente. Maestros y pupilos nos miraban como si fuéramos insectos incómodos o curiosos alienígenas, algo sacrílegos: “¡Y pensar que os hemos dado la Primera Comunión hace seis meses!” Luego nos expulsaron una semana como escarmiento, aunque ello fuera un sueño para cualquier estudiante; y como aviso para navegantes, quizá en previsión de una epidemia, pues todo el mundo sabe cuánto se contagian estas cosas, si además son tan precoces.
En fin, todos contentos, incluso el doctor Belasátegui, aunque ya hablaremos en otro momento de silencios y distancias que a él lo envolvieron con razones más sólidas, por adultas, que jeringuillas y conceptos de autoridad. Ni que decir tiene que al tercer día mi padre ya me hablaba y hasta jugaba un rato conmigo, seducido, quizá, por mi habilidad para engatusarlo.
Rebobinemos.
Otros de estos parientes adoptivos nos seguían a lo largo del mundo, de Argentina a México y de allí, a España: eran los Moravia, Alessandro y María Elena que por entonces tenían dos hijos: el mayor –Damián– fruto de un primer matrimonio de su madre y de la edad de mi hermano, contratista sin escrúpulos que se enriquecería en los años ochenta y que sólo se suicidó, ninguna otra cosa, según cuentan las crónicas bonaerenses pese a las maledicencias, en abril de 1998. Y Aníbal, un par de años menor que yo, compañerito de juegos y otros enredos, y que nos llamábamos y queríamos como primos, pues aquí no teníamos a los nuestros. El vínculo con ellos era mi madre, pues a mi padre los Moravia lo incomodaban porque ella empeoraba y empeoraba si estaban cerca, cosa que a mí me ponía en grave peligro. En fin, Alessandro era un actor muy apuesto, un galán seductor en la tradición italoargentina más genuina; ella una porteña pelirroja no muy agraciada, extrovertida y mitómana, capaz de inventarse con total seriedad y convencimiento los más disparatados parentescos y amistades, sucedidos, chismes y anécdotas, quizá porque las habladurías fueran ciertas, y ella, según ellas, una niña expósita que estuviera muy necesitada de identidad y protagonismos, así fuera sembrando cizaña. Un matrimonio incomprensible, por desigual, que mi padre explicaba como la complicidad de “dos que han enterrado a un muerto juntos”. Cuántas veces le habré oído lamentar esas amistades, no siempre con razón, mostrando gran desafecto e irritación, algo en lo que era correspondido, por supuesto y desde el principio, pues mi padre era su bestia negra y además había triunfado en Argentina, en México y en España, y puesto un pie en Roma.        
Sin raíces ni puntos de referencia, así crecí para bien y para mal: sin raíces ni familia extensa y protectora, y casi sin nombre, pues aun hoy día nadie entre los más próximos me ha llamado nunca por el mío de pila, sólo mis amigos y colegas, como así tampoco a mi padre, bautizado Armando, a quien los suyos siguen llamando Paíto veinte años después de haberse ido para siempre. Quienes lo conocieron o trabajaron a sus órdenes, tan sólo le recuerdan por su nombre artístico, el único que usaba, tan italiano pero curiosamente prestado por su padrino, un asturiano muy rico, dueño del próspero ingenio azucarero de Bella Vista, en Tucumán, al norte de Argentina.
Volvamos al principio.
Cuando las clases comenzaron después de las vacaciones de Navidad, un muro espeso construido con silencios y murmullos volvió a instalarse en mi casa. No era una sensación nueva para mí. Algo muy grave había ocurrido la víspera de Reyes, algo que yo solo intuía, aunque hubiera tenido premoniciones, y que era otro gran mazazo del destino para mi padre. Una traición de amor y una cruel vendetta.
Yo supe la mitad de la verdad casi inmediatamente después de producirse el incidente por los cuchicheos de cocina, pues el office era lugar estratégico donde la riojana, ama de llaves y tata, controlaba todas las llamadas telefónicas y los timbres de las habitaciones. “Tu padre se ha metido en un lío por culpa del juego”, respondió por fin a mis preguntas y aun añadió: “Me lo ha dicho la niñera de los Comas, que a punto estuvo de avisarme”. Seguramente lo hizo y ella hizo oídos sordos, porque era la última interesada en aquellas relaciones cada vez más familiares, que tanto hacían peligrar su posición, y porque a mi padre, además, le guardaba un hondo resentimiento, por razones muy secretas, entonces, para mí.
Jamás he podido olvidar los aromas corporales y la grasilla de la piel de aquella malvada mujer, que me repelían, como cachorro, por diferir tanto, tantísimo, de los maternos y estar ella empeñada en imponerse como madre a un huérfano, haciendo uso, en el mejor de los casos, del chantaje emocional y religioso; y en el peor, a veces con desprecio y otras con saña, de los golpes. Ella administraba el silencio alrededor de mi madre y su trágica muerte en su favor; y no sólo manipulaba mi relación con mi padre, sino que también dinamitaba los puentes que otras mujeres pudieran tenderme, forasteras, forajidas, aunque se tratara de amistades y no de novias o amantes de aquel hombre que no imaginaba el cerco al que él y su hijos estaban sometidos en su propia casa.

Todo era espeso en aquel piso de la entonces llamada Avenida del Generalísimo, novena planta de un edificio vecino del Ministerio de Información y Turismo, bastión de Fraga, sede de la censura y de la Escuela Oficial de Periodismo; piso cuya terraza principal se asomaba al Estadio Bernabéu y cuyas vistas también se dirigían al sur de la capital mientras pudo verse el Cerro de los Ángeles, allí, en lontananza, tiempo atrás, cuando aún no se había construido la torre de la Plaza de Manolete, ni el Palacio de Congresos y Exposiciones hubiera ocupado el altozano, por él todo vaciado, donde un día hubo, a unos doce metros sobre la Plaza de Lima, un coqueto palacete neoclásico con jardines que desalojaban enredaderas sobre las aceras del hoy Paseo de la Castellana y de la avenida del odiado General Perón, vaya broma del destino.  

martes, 2 de octubre de 2012

OFELIA


José Méndez, buen amigo, excelente poeta, autor de El oficio de la necesidad, En esta playa, Belgrado 1989, Esquirla, obra reunida en La mirada, me envía este mensaje: Escucha este poema que escribió José Jiménez Lozano.

Aún te llevo luto, y nunca           
imagen de mujer alguna tuvo un espejeo
tan puro como un relámpago
inscrito en las aguas de mi ánima,
en las que tú flotaste tanto tiempo, Ofelia.
Testigos las cigarras, el cuco, los demonios
del mediodía en el jardín con sus deseos
oscuros, lacerantes,
cuando aquel libro rojo envenenaba
mis entrañas. Shakespeare
sabía que te enterraba
en el corazón del mundo,
y yo en el mío te llevo el duelo,
y el amor entre ranúnculos,
coronado de violetas inmarchitas.

                              El tiempo de Eurídice (1996)

domingo, 30 de septiembre de 2012

El 11 de septiembre catalán


 España y Europa se enfrentaron en 1700 -como también lo hacen hoy por razones distintas- a una catástrofe histórica que anunciaba un fin de época: Carlos II de Habsburgo muere sin descendencia, un año después del fallecimiento del heredero que había pactado con los actores europeos, su sobrino nieto el príncipe elector Fernando José de Baviera. Va a jugarse una partida en el gran tablero mundial. Aunque el monarca ha legado el Trono en su testamento a Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV y príncipe europeo con mejor derecho, las grandes potencias recelan y buscan sacar provecho de este drama dinástico.

Inglaterra, Holanda, Prusia, Dinamarca, Portugal y otros reinos temen la total hegemonía franco española, pues su alianza dinástica no ha disipado, pese a la condición impuesta por el rey legatario y aceptada por el monarca galo y por su nieto, la amenaza de que una misma persona reine en Francia y España (a lo largo de aquella larga guerra, su posición en la línea dinástica francesa le acercará peligrosamente al Trono). El Duque de Anjou es aclamado como Felipe V en Castilla y Aragón sin dudas, pero Leopoldo I, emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico, hace valer sus derechos y postula a su hijo menor, el Archiduque Carlos de Habsburgo, con el apoyo militar de esas potencias.  

Otra partida menor, pero muy peligrosa, empieza a jugarse en el pequeño tablero de la política española: Cataluña, Valencia y Baleares apuestan por el pretendiente austriaco, que desembarca en Portugal, no tanto por temer que el centralismo borbónico se imponga en España y su nobleza pierda los privilegios feudales que ha mantenido desde los Reyes Católicos, pues Felipe V ha respetado por ahora los fueros de Navarra, las Vascongadas y Aragón; sino porque aspiran a un acuerdo de privilegio (una suerte de nuevo “pacto fiscal”) como premio por su apoyo: abrir el comercio con América, algo exclusivo de Castilla. Traen la guerra a la Península, cuando pudo librarse más allá de los Pirineos. Aragón se sumará tras las primeras victorias austracistas, al caer Zaragoza.

Sin embargo, las diplomacias se mueven en secreto. Felipe V y Gran Bretaña sellan el Tratado de Utrecht en 1713. No fue un acuerdo de tablas, pero acabó con una guerra costosa e insostenible y resuelve una duda: tampoco un nuevo Carlos V regirá los destinos de España y el Sacro Imperio, como podían temer Francia, Holanda o Inglaterra, pues el candidato, por otra pirueta de la Historia, ha sido proclamado emperador tras las muertes de su padre, Leopoldo I, y de su hermano, José I. Finalmente, el káiser Carlos VI renuncia a ser Carlos III de España con el Tratado de Radstadt.

La partida en el gran tablero ha terminado. No así la que se ha venido jugando en el pequeño y que tanto ha complicado la situación. Aragón ya capituló  pero la Junta de Brazos de las Cortes, establecida en Barcelona, y las Baleares, todas desconocedoras de la renuncia, no. El Duque de Pópoli bloquea Barcelona por mar y el Duque de Berwick, mariscal de Francia, la rinde por tierra el 11 de septiembre de 1714. En ese asalto resulta herido el conseller en cap del Consejo de Ciento, Rafael Casanova, estandarte de Santa Eulalia en alto, que se hace el muerto, huye y esconde hasta ser indultado años después. A él se brinda la ofrenda floral de la Diada, bucle melancólico de una derrota.

Triste balance final: todos perdimos. Francia perdió Niza, Acadia, San Cristóbal de Antillas, la bahía de Hudson y Terranova. España perdió Gibraltar, Menorca, Nápoles, Cerdeña, Milán y Países Bajos católicos, cediendo privilegios económicos en favor de los aliados austracistas. Y Aragón, Cataluña, Valencia y Baleares perdieron todo ello y además sus fueros.

¿Lecciones? Hoy también perderíamos todos. 


viernes, 15 de junio de 2012

Piedra de sol





un sauce de cristal, un chopo de agua,
un alto surtidor que el viento arquea,
un árbol bien plantado mas danzante,
un caminar de río que se curva,
avanza, retrocede, da un rodeo
y llega siempre:
                           un caminar tranquilo
de estrella o primavera sin premura,
agua que con los párpados cerrados
mana toda la noche profecías,
unánime presencia en oleaje,
ola tras ola hasta cubrirlo todo,
verde soberanía sin ocaso
como el deslumbramiento de las alas
cuando se abren en mitad del cielo,

un caminar entre las espesuras
de los días futuros y el aciago
fulgor de la desdicha como un ave
petrificando el bosque con su canto
y las felicidades inminentes
entre las ramas que se desvanecen,
horas de luz que pican ya los pájaros,
presagios que se escapan de la mano,

una presencia como un canto súbito,
como el viento cantando en el incendio,
una mirada que sostiene en vilo
al mundo con sus mares y sus montes,
cuerpo de luz filtrada por un ágata,
piernas de luz, vientre de luz, bahías,
roca solar, cuerpo color de nube,
color de día rápido que salta,
la hora centellea y tiene cuerpo,
el mundo ya es visible por tu cuerpo,
es transparente por tu transparencia,
              [el poema continúa en Más información]

sábado, 19 de mayo de 2012

Celan recita "Todesfuge" y Valente le traduce





FUGA DE MUERTE


Negra leche del alba la bebemos al atardecer
la bebemos a mediodía y en la mañana y en la noche
bebemos y bebemos
cavamos una tumba en el aire no se yace estrechamente en él
Un hombre habita en la casa juega con las serpientes escribe
escribe al oscurecer en Alemania tus cabellos de oro Margarete
lo escribe y sale de casa y brillan las estrellas silba a sus mastines
silba a sus judíos hace cavar una tumba en la tierra
ordena tocad para la danza


Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos en la mañana y al mediodía te bebemos al atardecer
bebemos y bebemos
Un hombre habita en la casa juega con las serpientes escribe
escribe al oscurecer en Alemania tus cabellos de oro Margarete
tus cabellos de ceniza Sulamita cavamos una tumba en el aire no se                         yace estrechamente en él


Gritad cavad unos la tierra más profunda y los otros cantad sonad
empuña el hierro en la cintura lo blande sus ojos son azules
cavad unos más hondo con las palas y los otros tocad para la danza


Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos al mediodía y la mañana y al atardecer
bebemos y bebemos
un hombre habita en la casa tus cabellos de oro Margarete
tus cabellos de ceniza Sulamita él juega con las serpientes

Grita sonad más dulcemente la muerte la muerte es un maestro venido                  de Alemania
grita sonad con más tristeza sombríos violines y subiréis como humo en el            aire
y tendréis una tumba en las nubes no se yace estrechamente allí

Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos a mediodía la muerte es un maestro venido de Alemania
te bebemos en la tarde y la mañana bebemos y bebemos
la muerte es un maestro venido de Alemania sus ojos son azules
te hiere con una bala de plomo con precisión te hiere
un hombre habita en la casa tus cabellos de oro Margarete
azuza contra nosotros sus mastines nos sepulta en el aire
juega con las serpientes y sueña la muerte es un maestro venido de Alemania

tus cabellos de oro Margarete
tus cabellos de oro Sulamita 

jueves, 17 de mayo de 2012

Carlos Fuentes (1928-2012) o el novelista adolescente


Carlos Fuentes falleció el 15 de mayo en la Ciudad de México a los 83 años

Un joven escritor rompió en 1958 los moldes ya petrificados y petrificantes de la Novela de la Revolución –equivalente literario del muralismo pictórico– con un relato urbano que tomaba su título del entonces patriarca de las letras nacionales, Alfonso Reyes: La región más transparente –título que aludía a una extraña e inaccesible cualidad de la Ciudad de México, pues esta “región más transparente” lo había sido “del aire” y, a finales de esa década, éste empezaba a ser irrespirable. Se llamaba Carlos Fuentes, un mexicano de “otra forma” pues había nacido en Panamá y vivido su infancia entre Buenos Aires, Río de Janeiro, Santiago de Chile, Montevideo y Washington: era hijo de un diplomático y hasta los dieciséis años sólo había pisado el solar patrio durante las vacaciones estivales. Un chico agringado en un país donde el nacionalismo y el populismo constituían, por así decirlo, la religión de un Estado regido por un partido único  –aunque tuviera algunos comparsas– y que había logrado la cuadratura del círculo: serlo de la Revolución Institucionalizada.

Mario Vargas Llosa, su esposa Patricia, Carlos Fuentes,
Juan Carlos Onetti, Emir Rodríguez Monegal y Pablo Neruda 
A desentrañar ese enigma o a escarbar en la herida de esa paradoja y de sus supuraciones: la violencia cainita, el autoritarismo paternalista y patrimonialista, la corrupción política, sindical y económica, el clientelismo burocrático, el petropoder y el narcopoder,  aquel joven narrador –tan elegante, culto y cosmopolita–­ dedicará buena parte de su vida creadora. Ya con su tercera obra: La muerte de Artemio Cruz (1962), trascenderá fronteras y se situará a la cabeza del quién sabe si bien llamado boom de la literatura hispanoamericana, junto con sus grandes amigos el colombiano Gabriel García Márquez y el peruano Mario Vargas Llosa (me resisto a incluir temática y generacionalmente al tercer gran nombre de ese momento, Julio Cortázar, pues era coetáneo de Octavio Paz, los dos catorce años mayores que Fuentes, y porque la historia está más bien ausente de su obra).

Julio Cortázar, Fuentes y Luis Buñuel
          El sistema político instaurado por el PRI daba ya muestras de agotamiento por aquel entonces (sus contradicciones estallarán poco después, en 1968, aunque el régimen priista aún se perpetuará hasta el año 2000), pero muy pocas voces se atrevían a sugerir que entraba en lenta agonía. Así lo hizo Fuentes desde sus comienzos literarios (que fueron saludados por Paz, su mentor y amigo, con quien mantendría una contradictoria relación que desembocará en una dolorosa ruptura); y así lo seguirá haciendo hasta el final, para certificar su defunción, en novelas tan recientes como La voluntad y la fortuna (2008) o Adán en Edén (2009), donde aborda sin misericordia las causas morales pendientes y las consecuencias de esa dictadura de partido casi perfecta por su cuidado disfraz democrático, hoy tan visibles y sangrantes, y que aun tuvieron un tercer gran título en su producción novelística: La cabeza de la hidra (1978), ficción que transcurría en el escenario del auge petrolero que condujo a la catástrofe económica del sexenio de López Portillo.

Fuentes, Marie-José y Octavio Paz
(México, Navidad de 1968) 

          ¿Era Fuentes enemigo del PRI? No exactamente. Tras los trágicos incidentes ocurridos en junio de 1971 apoyó al presidente y dijo su célebre “O Echeverría o el fascismo”. Fuentes más bien era enemigo del sistema de partido príncipe, concepto por otra parte muy gramsciano, y buen amigo de figuras como Víctor Flores Olea o Porfirio Muñoz Ledo, próximos a publicaciones como Nexos y La Jornada; y el segundo, parte de la escisión priista que fundó el PRD, partido que agrupó a la izquierda mexicana a partir de 1988-89.    

Pero la obra de Fuentes no sólo muestra ese doloroso conflicto entre el pasado reciente y el presente, sino también otro de los laberintos de la soledad del mexicano contemporáneo: la difícil asunción de la herencia hispánica, que él abordó con radical ironía cervantina en otra de sus novelas mayores: Terra nostra (1975) y aun en Cristóbal nonato (1987), de manera oblicua pero apocalíptica, y también en no pocos de sus brillantes ensayos, género en el que también se prodigó con maestría. Lengua y religión, caudillismo hispano árabe, y cierto quijotismo irredento alimentan la personalidad del México moderno, tan melancólicamente marcado por la pérdida de un mundo arcaico poblado de dioses terribles y liturgias sanguinarias, a los que el mestizaje cultural con Occidente nunca logró enterrar del todo.

Con Gabriel García Márquez, amigo y compañero de aventuras cinematográficas

Fue un escritor caudaloso y desbordante, cuya extensa producción casi limita con la grafomanía, pecado que supo bordear airosamente pues estaba dotado de una poderosa inventiva verbal y narrativa, y porque brilló en la distancia corta del cuento tanto como en la media distancia de la novela breve (ahí esta su prodigiosa Aura de 1962) y del teatro, o en la extenuante maratón de la novela río. 

Sin embargo, su bien merecido éxito literario también debe vincularse a otra característica de su narrativa, que no sólo fue crítica e histórica, sino cinematográfica. Más allá de sus incursiones en el cine (escribió los guiones de El gallo de oro y de Pedro Páramo con García Márquez, a partir de textos de Juan Rulfo; y el de Los caifanes, una película de culto entre los jóvenes de los años 60 y 70 y que significó algo así como el aterrizaje en la anquilosada cinematografía mexicana de la Nouvelle vague francesa y del británico Free cinema). 

Más allá de haber vivido una aventura sentimental con Jean Seberg (la joven musa de Jean Luc Godard en À bout de souffle); más allá de todo esto y de su amistad con Luis Buñuel, puede decirse que Fuentes concebía sus obras como trepidantes películas experimentales, escritas según las reglas del montaje paralelo y sus alternancias temporales, la superposición y contraste de poderosas imágenes, muchas veces irracionales, y los diálogos recogidos aquí y allá, incesantemente, por un guionista que supo escuchar mucho y muy bien, y que además fue un gran conversador.

La semblanza del escritor quedaría incompleta si no añadiéramos, entre otras características, su vena erótica (muy poderosa en toda su obra), la humorística y paródica, pero también su faceta de periodista social y político, entendido aquí el periodismo como la virtud de enfrentarse con ojo crítico a las realidades del presente y a pie de calle, virtud que le mereció la admiración de los jóvenes de varias generaciones, quienes han sido, desde el primero hasta el último de sus días literarios, su público más fiel. 

Bien es verdad que es aquí donde las luces se ven acompañadas de mayores sombras, pues resulta legítimo criticarle su condescendencia con dictaduras mucho más perfectas que la mexicana, utilizando la polémica terminología de Vargas Llosa, como la de Fidel Castro, esta sí pluscuamperfecta y cuasi eterna; o la afortunadamente breve del sandinismo nicaragüense. Entre sus luces periodísticas, Fuentes ha sabido ser crítico de Estados Unidos sin caer en el rampante antiamericanismo del establishment político, literario y artístico mexicano; y también ha sido generoso con las generaciones de escritores más jóvenes, señalando la aparición de nuevos valores que incluso discutían con arrogancia parricida la vigencia de su propia generación. 

El autor de Aura en su juventud
En fin, Carlos Fuentes entró en la cacharrería de la Novela de la Revolución, tan reverenciada e institucional como el partido gobernante en México durante más de 70 años, y lo hizo como un joven elefante a finales de los años cincuenta. Y allí permaneció, escribiendo hasta ayer mismo con furor adolescente, pues esa fue, quizá, su cualidad más definitiva: nunca dejó de inventarse a sí mismo como novelista y de experimentar con la escritura. Nunca se permitió el lujo de apostar por el acierto, ni siquiera cuando, tras una imponente cadena de ensayos, ya sabía por dónde iban los tiros hacia la diana. Ávido de experiencias y emociones literarias nuevas, así quedará entre nosotros: como un novelista siempre adolescente.


viernes, 13 de abril de 2012

VI - ESPLENDOR


                                                       para Joaquina González

Al esplendor del Mediodía
                          ya van quedando atrás        
                                       los mismos muertos
—ellos siempre: los mismos—

Los demonios que siempre resucitan


viernes, 6 de abril de 2012

V - AGUA HERIDA / Herida voz viva en esta calma


Primera Comunión 

Herida voz viva en esta calma
arde la insidiosa enredadera

                                          Es la fe perdida     
                               —si la tientas
                                         zumban moscas     
                                    mis certezas
con la duda
sostenidas ya no a solas

  

jueves, 5 de abril de 2012

V - AGUA HERIDA / Flores -en la escalera perseguí

La escala de Jacob, Marc Chagall, 1973


Se repartieron por todas partes como si sembrasen en el universo
Svante Arrhenius

...Como si una mano de mujer los lanzase desde allí dentro.
Nadie sabe que los gérmenes acaban de llegar,
mientras la noche remienda los andrajos del día
Jules Supervielle

                                Para Álvaro Mutis

 (Flores —en la escalera perseguí
los últimos colores    
sus gajos más sutiles
—algunos pétalos caídos
aunque no sea su estación —
ya exhalan
el adiós que los crisantemos dicen)
  
Esperadme a morir
de esta fe en la escalera
peldaños y peldaños
                                              a costa tuya      
                   silabas
—en multitud

Y callar una vez y otra
enrarecida leva    lluvia altiva

Y amar pálpito a pálpito
                                                  la siembra     
                                                                     adviento
este pulso en la escalera
ascenso
por un latido    sílabas o esporas
lluvia de Arrhenius
—contra la puerta de los cielos

¿Por qué insiste
si quien sueñas está en el mundo
                                       si yo soy otro     
                      somos todos
la víctima propicia
de las pirámides al tiempo
tu sangre derramada
                           escandiendo una ley eterna     
                                        huérfanos
—y no de espada?

Soy legión    tú soy yo    todos a solas

Escaleras arriba
sílabas enlazadas a los labios
                                               de la bruma    
                    hilos
                                     nubes entre las fuentes     
                                       agitada
calma los besos de los sauces

(Ven    desnúdame)

Amar es invertir una ley eterna
                                       en favor del mundo    
                                       instalarse
en el primer delito
—cuando todo era magia

Y quizá no haya meta ni otro tiempo
tu ansia fugaz de adolescente
                                   y ruedan     
                    la cuchilla ya en su mano
temores y vagidos —esperanza
en la tormenta
inclinación y rebeldía
                           fe sola en tus palabras...     
                                disonancia
siempre un estremecido batir de alas
—esta circuncisión y tu albedrío
pugnando en la montaña

(Allí arriba    adonde
ese lamento se congrega cientos
de miles de veces
y al fin la nube descarga
con la noche y con el día)

Y resurgen los ríos y las fuentes
otra vez la palabra viva
donde sacias tu ansia entre crepúsculos

Y los campos y el bosque y las tórridas llanuras
o tu cuerpo y el suyo
—esta voz quemadura—
también se animan
agua herida escaleras
arriba
y escaleras abajo arrastraría
sus pétalos la muerte

La ciudad siempre tu cautiva

(Sí —de niños
todos hemos oído hablar
de la escalera
                                  a un ciego y a otro ciego...  
                                de esa nube
                                            y la montaña    
                        de las fuentes
del páramo y del bosque)

Ensueños de los ciegos...  sólo trazas

(Sí  —y los niños desnudos
tan deslumbrantes como un día)



miércoles, 4 de abril de 2012

HUMO- Soñando todavía


                      
                                   Para Antonio Mingote

Nadie diga que no valió la pena
más el debe que el haber
para soñar de día a todas horas

Y aún más el ansia por seguir
soñando todavía