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miércoles, 6 de mayo de 2015

Ortiz de Villajos: un ángel con mirada de león


Hoy me arrebató la melancolía y he vuelto a tener trece o catorce años. He vuelto al cubil del padre Ángel Ortiz de Villajos (uno de los pilares de Iglesia UniversidadSopeña, Iniesta, Aguirre... – y luego director espiritual de los alumnos del SEK de Arturo Soria). Era músico, un gran pianista y compositor, hijo de una gloria de la música popular: Cuna cañí, El niño de las monjas, Canta guitarra, La luna enamorá, Al Uruguay, Madre, cómprame un negro…;  y también matemático, que llegó al sacerdocio algo tarde, cuando contaba cerca de cuarenta años. Y era bizco (los niños lo adorábamos y le llamábamos Clarence, ya saben, el estrábico león de una famosa serie de televisión).

Desde mi bautizo a los ocho años, fui su monaguillo, incluso cuando dejé de creer a los doce. Nunca intentó forzarme y reconvertirme. Hasta los diecisiete, mientras estuve en el colegio, hablábamos a solas dos o tres horas a la semana de las cosas de la vida y no había tabús; de música (era un gran especialista en Mahler y me contaba sus secretos partitura en mente: “Mira, este es el tema de Alma, en la sexta”) o de poesía. En aquel cubil suyo me leía poemas de García Lorca, Alberti, Miguel Hernández y León Felipe, su preferido. ¡Aquellos viejos libros de Aguilar o los clandestinos de Losada!

Aunque hay versiones espléndidas de Paco Rabal, elijo ésta de “Qué lástima” dicha por su autor, el viejo y entrañable anarquista León Felipe, porque el padre Ángel más o menos leía esta suave elegía como él. Y a mí me llegaba al alma porque yo era hijo de exilios y de una trágica orfandad.